A mi sangre:
Jorge Luis
Pablo Rafael
Christian Emilio
María del Valle
EL
REGALO
Amalia
vivía en la planta baja de una gran mole, ubicada en el barrio norte. Habría
podido comprar el último piso desde el cual se divisaba el río, pero después de
hacer disquisiciones consigo misma –no tenía con quién hacerlas- se decidió por
ese enorme patio. Florecerían sus azaleas, las caléndulas que no querían
desprenderse de ella. Los gomeros estaban inmersos a su alma como una pátina
que la ahogaba de a poco.
Su administrador hombre fiel a pesar de su
vicio por ocultarle pequeñas ganancias la había aconsejado. Cuando murió su hermana mayor, dijo que si
dejaba el caserón de Belgrano y vivía más cerca suyo le daría tranquilidad, por
si lo necesitaba con urgencia. En ese entonces se entretenía con el ñandutí que
le enseñó la paraguaya, casada con su tío –no del todo aceptada por su familia.
Ahora debía contentarse con tejer otros sueños, sus ojos se cansaban. Tal vez
por eso en su gran mecedora no podía divisar exactamente si era del cuarto o
quinto piso el saludo que recibía por las tardecitas. Sus ilusiones están en el
sombrero que se inclina al visitar el jardín. Para quién no crea en imposibles
debe visitar esa selva, donde hasta bananeros florecen.
Amalia
siempre pensó que si perdía la vista iba a reconocer –por el aroma- a sus
flores. No haría falta más que acariciar alguno de sus pétalos, para comprender
que eran tan humanas como ella necesitadas de cariño. No entendía cómo sus
vecinos que vivían en el edificio -a veces quería tragarla- podían gozar
mortificándolas. A excepción del caballero de rubios o grises cabellos. Cuántas
cosas feas les tiraban a sus plantas, desde agua sucia que manchaba sus hojas,
hasta sórdidos desperdicios. Cuánto le dolía. Conservaba de su infancia
aquellas células coruscantes; cuando morían faltaba un resorte de sus huesos y
la encorvaba. Tal vez el señor de amplio
sombrero compartía su pasión, porque en tantos años que quedó guardada su
juventud, fue la primera vez que recibió una misiva. Se puso tan nerviosa que
no encontró sus anteojos. Clepsidra detuvo sus horas. La mujer, que en nada se
parecía a su Ana o Arminda demoró en llegar para cumplir con las tareas de
limpieza y ayudarle a encontrar sus
anteojos o leerle el recado. Estaban hechos trizas. Tal vez ella misma,
excitada, los ocultó en el cojín, por temor a vislumbrar en las líneas la
desilusión o la burla que intuía en la gente de la mole. Tuvo que leerla su
sirvienta –para ella lo era- aunque tuviese una casa que no era la suya y sólo
trabajase algunas horas. Qué importó su sonrisa sarcástica al leer: es muy
hermoso su jardín. En estos tiempos
de insolencia todo está permitido. Mientras existiera un solo ser que se
acercara a su alma y entendiese el lenguaje de sus queridas anémonas. Era
suficiente esa tea para seguir regándolas. Esa mujer tan lóbrega jamás la
entendería. En otro momento la rémora por sus cristales deshechos la hubiera
contrariado. Ahora sólo la hacía sonreír. Se sintió una ninfa con deseos de
navegar por todos los océanos. Orfeo la guiaría hasta encontrar el coral más
hermoso y la planta más fina para adornar su jardín. No emplearía la cítara
para seducirla, sino el canto que en sus plantas recogía.
Guardó ese diminuto papel en un libro de
poemas bellamente encuadernado.
Para ella tenía más valor que los brillantes que escondía en la cómoda.
Cuidaba más su arreglo personal. Salía al
jardín primorosamente vestida y aunque el caballero –que abultaba sus sueños-
sólo aparecía por las tardecitas, ella acariciaba el pensamiento de que él la
seguía desde algún lugar oculto. Todo le parecía asequible, vivía con la
ilusión de recibir una segunda epístola, sin perturbarle la crítica mezquina
que adivinaba en la mujer.
Un día junto con otros desperdicios cayó un
pequeño papel doblado y la belicosa mujer no contuvo la risa, cuando se dio
cuenta de su pesar al verlo en blanco. Creyó que alguien intencionalmente daba
pábulo a su fantasía. Ella estaba segura que era un secreto de dos sólo
compartido –a medias- por la sirvienta. Tenía que darle un escarmiento, iba a
recibir otros regalos de su gentilhombre; no tenía apuro. Su corazón aún joven
no era ansioso. El puzle terminaría por unirse.
A partir de ese día colocó intencionalmente
papelitos doblados y cuando la mujer asomaba sus narices por el jardín, ella
los escondía en su pecho, luego se encerraba en el cuarto. Aquélla al principio
se mostró sorprendida, luego receló. Amalia escribía por las noches con letra
dispar la hoja que colocaba a primera hora. El caballero la saludaba con
afecto. Cómo le gustaba cambiar los colores de las lapiceras. Los recados eran:
sus manos salvarán las rosas de las hormigas; el traje de puntillas le siente
maravillosamente; los copetes están preciosos.
Seguía la lluvia de desechos pero no la
hería. Estaba tan ocupada con sus flores, con el vestido que luciría en la
mecedora, con el sombrero inclinado y las esquelas que no se la oía decir con
lástima: si por lo menos, en vez de
desperdicios tirasen algo agradable, como una muñeca, o algo de valor. No se
atreverán a reclamarlo. Es cierto –rezongaba la gruesa mujer para sus adentros-
podrían tirar un brillante, en esta casa de ricos. Alguno como los que guarda
con llave la vieja. Así no trabajo más con esta loca.
Una mañana al acariciar su rosa chica
ocurrió algo realmente fantástico. Sintió tintinear muy cerca un pequeño objeto
metálico y al recogerlo su corazón comenzó a dar brincos desordenados. Le faltó
el aire, su sirvienta tuvo que sostenerla para que no cayera de bruces.
Agradeció a Dios o la Vida que la colmaba tanto al final del camino. Esta vez
no reparó en la sorpresa de la mujer; sus ojos y su tacto estaban concentrados
en ese anillo de compromiso, que solamente su hermana mayor y ella no habían
conseguido en la juventud. Sus hermosos ojos volvieron a brillar como antes de
la operación de cataratas y su pecho agitado pidió reposar en esa hamaca
–testigo de todos sus sueños hechos realidad. El caballero calculó exactamente
el grosor de su dedo y la muchacha tal vez crédula o piadosa le ayudó a
colocárselo en el dedo tembloroso. Luego la dejó descansar mientras contestaba
el llamado a la puerta.
-¡Señora! ¿Me permite pasar al jardín? Mi
esposo no quería venir, pero considero que no es la primera vez que un
matrimonio se tira los anillos. Comprendimos que es una tontería y venimos a
rescatarlo.
Cuando llegaron al jardín encontraron a
Amalia –dormida para siempre- con el anillo en la mano.
EL SOL EN LA ESCALERA
El sol alegre resbalaba brilloso por la
acera. Me sentí de pronto contenta, sin precisar por qué: tal vez intuí el
encuentro. Bajé la escalera del subte de Azcuénaga como si entrara en el
colorido fotográfico del pasado y todo lo inverosímil que iba a suceder ya lo
percibiera. Cuando el sol se cortó con una línea brusca, hacia la mitad de la
escalera lo vi. El corte era exacto. A
pesar de ese trazo, la luz que emanaba del subsuelo no me permitió ver con
precisión. Deduje que estaba bien. Por un momento fugaz una nube oscura
pretendió amenazarnos, pero pasó como una moneda por el molinillo.
Aquél lejano 5 de marzo de 1965 a las 12,30
con un dejo de ternura y cansancio atávico él había solicitado: llamen a Jorge. Ahora su piel
pálido-verdosa volvió a sobresaltarme. A pesar de lo absurdo se colocó a mi
par, del lado del corazón y caminamos en silencio hasta el kiosco. Un libro me atrajo: qué linda portada –dije-
es de un color ígneo-tierra, como el del sol en la escalera. Sonrió con
ternura, recordé que por la mañana temprano de aquél día Jorge –su médico-
había impartido directivas y ayudado en la preparación del oxígeno. Entonces
habló arrastrando las sílabas, como hace en los momentos imprevisibles. Cómo
explicarle este fenómeno sin que piense en alguna de mis fantasías.
Mientras tanto él sentado en el banco junto
a mi parecía leer mis pensamientos. Quise rozar su mano: me contuve. Sentí el
gusto del limón con miel. Me lo daba de niña para los resfríos. No me atreví a
preguntarle cómo estaba, qué había sido de él. No tenía derecho a penetrar en
su mundo: si bien lo había acompañado de alguna manera. Por solidaridad debía
decirme que se encontraba bien, pero estaba bien sin mí, lo cual era una
descortesía. Pasó un tren y otro, nosotros callados, expectantes, sin dejar de
absorber esos minutos que nos daba el destino. Por momentos la tristeza
diseminada por los siglos que debían correr para reunirnos otra vez o nunca nos
sobrecogía. No, no era cierto, volveríamos a encontrarnos. Creo que lo pensamos
gemelo. La vez anterior dijimos nunca más y estábamos juntos en una hermosa
tarde en el mismo banco. a pesar de la lógica.
Evoqué a Jorge: él había querido prepararme.
Nunca estamos preparados. Es muy difícil –dijo- las posibilidades son pocas.
Mi conversación ahora giraba hacía el
antiguo problema: cómo estás de tus achaques. Su respuesta fue una sonrisa. En
realidad siempre representaba muchos años menos. La otra pregunta se abrió como
una quebrada: y el corazón. Miró divertido, condescendiente. Al segundo
comprendí avergonzada. Con el orgullo y cierta agresividad que nos caracteriza
me levanté del asiento. Transmigré al tren como impulsada por un viento
violento, en el cual él me sostenía. Cerraron
las puertas y cerré los ojos. No quise saber si había entrado. Estaba en algún
lugar cerca de mí, qué importancia tenía el sitio; sumergida en un estado agónico
en el cual mi alma se escindía negando y aprobando a la vez. Sí, sí lo
encontré. No me abandonará más. No, no era cierto. Estaba loca.
Mi mente voló hacía aquel lejano día. Debían
ser las diez más o menos cuando llamó para que arreglara algunas cosas. Lo
hice. Luego mi pregunta: necesitas algo más. No, no –repuso. Cambié el agua a
las flores. Las rosas estaban más hermosas que la víspera. En ese momento decidí
ir a tribunales. Tomé mi carpeta y cuando estaba en la puerta oí un ruido proveniente
de su habitación. Volví asustada. Las rosas se habían esparcido. El viento
corrió más presuroso aquel segundo. El agua se derramó toda o casi toda. No
recuerdo bien, pero el jarrón no se quebró. Por eso me animé a salir.
Paradójicamente fui tranquila: convenía esperar sin ansiedades que lo
intranquilizaran. Qué ingenuidad la mía. Como si él no hubiese sabido todo.
Cuántos días importantes, venturosos, a
veces aciagos, habríamos compartido estos años; aunque no tengo la absoluta
seguridad de que él los hubiera querido vivir. Estaba cansado de las
limitaciones que le imponía ese bendito músculo, a pesar de haberle hecho
frente y no dejarse avasallar. Los últimos tiempos repetía que vivía en una
nebulosa de la cual no podría salir. Lo hacía para que el golpe no resultase
tan seco.
Aquél día a las 12,30 nuevamente solicitó
con extremo cansancio, como avergonzado de ocasionar alguna molestia: llamen a Jorge. Retiró la máscara y
entró en un sueño profundo. Retuvo en su tacto las sábanas limpias. A esa hora –más
o menos- desde tribunales hice un llamado trivial. Tal vez quise rondar mi
teléfono y regresé. Era pasado el mediodía, había sol como esta tarde. En la
puerta de calle estaba un amigo suyo: qué pasa –pregunté angustiada- no recibí
respuesta. Sus ojos eran demasiado elocuentes.
Subí con lentitud los escalones de la estación Loria; llamaba la
atención un anuncio: EL 5 DE MARZO DE 1978 SE REMATAN LOTES EN BURZACO. En la
mitad de la escalera sentí otra vez la presencia de papá, donde concluía el sol
y comenzaba –tal vez- otro.
LA MARIPOSA NEGRA
A Magdalena -la menos léida de mis abuelas- por regalarme este cuento cuya
base es verídica.
A Rafael Blasco
-mi padre- me engendró con una bala dentro.
Corrían los años treinta, habían terminado
los años locos. La gran ilusión de que no iba a haber más guerras. Doña
Magdalena planchaba camisa tras camisa de sus hijos varones y de vez en cuando
miraba el cielo desde su ventanita de madera. La tarde era hermosa, apacible,
había un silencio inusual en el patio; un desgano pesado se apoderó de ella. Se
sentó en el banco de madera llevándose la mano a la cadera redonda y maternal,
trató en vano de darse ánimo. Sus hijos estaban en la calle. Pasaban tantas
cosas. Su marido traía historias raras del café. Decía que desde noviembre del
29 con la caída de la bolsa en Nueva York había comenzado todo, que la
Argentina no podía vender carnes ni trigo. Ella no entendía de esas cosas, puso
en el mate un carboncito prendido con azúcar y una cascarita de naranja; el
agua hacía burbujas grandes, trató en vano de distraerse. Se oyó un grito en el
patio y un: si se lo contás a la mamma te
mato. Angelina y José regresaban del colegio y como siempre él le tiraba el
pelo. Los vio entrar en la pieza, pensó que su vecina vivía más tranquila,
tenía los hijos chicos, estaban siempre cerca suyo: en la pieza, el patio o en
el baldío de al lado. Por las noches se le arremolinaban todos, los dos más
chicos dormían en la cama grande. En cambio ella esperaba horas enteras que se
fueran ocupando las suyas. Nunca le había preocupado no haber tenido hijas, sin
embargo ahora que se hablaba de anarquía y de la ley marcial pensó que si
hubieran sido mujeres plancharían y coserían adentro –como ella.
Los muchachos habían salido todos buenos, no
se podía quejar, el único que no tenía trabajo era Eugenio y los otros siempre
le daban para el biógrafo: ya vas a
conseguir trabajo, Rafael le pidió al patrón que te haga entrar al taller. A
Rafael lo quiere el patrón. Vas de aprendiz, los primeros tiempos no te va a
pagar, pero Rafael te va a dar para el tranguay y aprendés el oficio. Con él
pasó así y ahora está bien. No gana mucho pero se defiende. Mirá los que viven
en los puentes de Palermo, nosotros
no nos podemos quejar, el viejo todavía puede trabajar y la vieja se las
arregla siempre.
Rafael.
El mayor de sus hijos. El más serio. El más sufrido con su ojo desviado. Con su
pelo retinto como ella. Con sus manos callosas de tanto pulir los esmaltes. Por
qué le costaba tanto retomar la plancha. Por qué se había quedado con la camisa
a medias. Removió las cenizas de la plancha y agregó más carbón. Había que
seguir, mañana era sábado, los muchachos volvían más temprano. No quería
planchar delante de ellos. No quería que la viesen con las camisas. Después de
todo era mejor tener camisas que bombachas, como la de la última pieza. Cómo se
las arreglaría la pobre Ofelia para casarlas en esta época. Casi siempre parían
juntas. Ofelia mujeres, Magdalena varones. Ella tenía más leche, los varones
chupan más fuerte. Ella usaba los martes la pileta. Ofelia los miércoles.
Mientras lavaba los pañales a Magdalena se le iban poniendo tensos los pechos.
Sentía que se le hinchaban como empanadas en aceite caliente. Debía apurarse, tenía
tanta ropa para lavar, en cualquier momento berrearía el hijo menor: el chico estaba al despertar porque le leche
le caía por debajo del vestido y bajaba por las piernas. Los hijos varones
chupan más fuerte es mejor que tener colgadas bombachas, aunque una esté más
sola.
Ahora la plancha corría presurosa. Se estaba
escondiendo el sol y Magdalena tenía que tener las camisas planchadas. Cuando
mojó la última una mariposa negra entró en la cocina. Le dio dos vueltas y se
posó un segundo en su frente para salir despavorida por la ventanita: ella se
llevó la mano al pecho y reprimió un grito que quería salírsele de la garganta.
Terminó como pudo y puso a calentar el puchero del mediodía. Ya era hora de que
llegasen.
Los primeros fueron Eugenio y Armando,
después lo hizo el viejo. Eugenio había caminado toda la tarde. No confiaba que
el aprendiz se fuera, todavia no sabía el oficio y la mesa era para tres. El
cuarto lugar lo alquilaba un engarzador.
Magdalena no podía apartar de su mente la
mariposa. Qué grande era, la primera que vio esa temporada. El viejo se puso a
hablar con Armando de la legión Cívica, de los camisas negras, de los robos a
los bancos. El viejo no estaba de acuerdo en que hubieran depuesto a Yrigoyen.
Armando hablaba de los fascistas. Magdalena retrasaba el fuego. Hoy se demoraban
los muchachos.
Al rato llegaron Luis y Oscar; se unieron a
la discusión. Armando preguntó por qué no daba elecciones Uriburu. Decía que ya
había hecho bastante biógrafo con su coche descubierto rodeado de cadetes militares.
Le tiraban flores como si fuera una reina. Luis en cambio opinaba que por fin
habían matado a Di Giovanni y Scarfó. Que el romance de Di Giovanni con la
hermana de Scarfó sólo interesaba a los que leían Crítica. El viejo exigió el
puchero, los que no estaban que comieran un sándwiche de mortadela. Ella sentía
la frente helada: un sudor frío la cubría. Los muchachos le festejaron el
puchero. El viejo preparó su cigarro, luego se dirigió al café. A ella le
temblaban los platos bajo el agua. Había que matar a los anarquistas. La primera
vez que se quebraba el régimen constitucional. Y qué le importaba eso.
Magdalena sabía que a la salida del taller
Rafael merodeaba la ventana de Pepita. El padre no lo dejaba entrar y Alberto
iba al café, pero hoy era demasiado tarde. Dejó escurrir los vasos en la mesa,
sintió pisadas que se acercaban por el empedrado. Salió al patio secándose las
manos en el delantal. Se asomó a la calle, oyó un revuelo, varios muchachos
corrían, uno gritó: la policía, la
policía. En el tumulto vio a Alberto, el corazón quería salírsele del
pecho. Abrió la puerta de par en par para cobijarlos, como cuando los corrían
por la pelota. En ese momento oyó otros gritos y una bala se dirigió a la frente de Rafael. En ella Magdalena vio
posarse la mariposa negra.
EL SÁBADO
Aquel día José me había dicho: hoy vienen
para ubicar los implementos necesarios para el sábado; no hay dónde ponerlos
vamos a usar tu escritorio. Será por unos pocos días ¡nomás!
Pensé
que los pocos días de José podían significar una o dos semanas y decidí llevar
mis libros de consulta, la máquina y el esbozo de la tesis al comedor grande.
Esa tarde cuando regresé de la oficina, lo primero que hice fue pasar por mi
escritorio. Allí invariablemente la cafetera funcionaba con el café preparado
por Rosa antes de retirarse. Lo encontraba a punto. Generalmente no me movía de
allí hasta la hora de la cena. Como no puedo vivir sin esa abundante dosis
diaria, retiré la cafetera y le escribí una nota para que lo preparase en el
comedor grande –su nuevo domicilio. Antes de cerrar la puerta observé con
nostalgia cómo mi escritorio y biblioteca se perdían en el maremágnum de
elementos con los cuales José invadió el lugar.
Al día siguiente el café y mi trabajo esperaban:
debía apurarme. Sorbía grandes tragos y fumaba algún cigarrillo. Al rato comprobé
que tenía que consultar dos libros más. Sorteando infinitas vallas llegué hasta
la biblioteca. Todo allí parecía quintuplicado. Demoré bastante en la búsqueda.
No soy obsesiva pero creo que algunos libros estaban mal ubicados. Cuando volví
choqué con Guillermo, se quejaba por el peso del traslado. En mi escritorio no
cabía ni un alfiler. A todo esto tuve que hacer esfuerzos para divisar las
carpetas. La mesa quedó oculta y tuve que dar una vuelta alrededor de ella. Resignación
y valor. Luego cuando pasé por el escritorio para ir a cenar, el hacinamiento era
escandaloso; resolví retirar mi biblioteca al día siguiente. La
pondría junto a la mesa del comedor, aunque estimé que para poder sentarme tendría
que pasar de costado. De todos modos esta anormalidad no iba a prolongarse.
Recién mientras cenábamos me preocupó el asunto; José dijo: en el caso de no alcanzar podríamos usar el comedor
grande y el comedor diario. Intervine
con protestas; juro que no me escucharon. Hacían cálculos mentales sobre el
espacio que necesitaban. Lo mejor era acostarse: tal vez mañana se aburren y desisten. Además para el sábado no falta
tanto.
A la mañana siguiente, con grandes esfuerzos
pude colocar atravesada mi biblioteca. Calculé que con el grosor de Rosa no
podría llegar hasta la cafetera. Ni yo con mis cincuenta kilos podría alcanzar
el enchufe sin separar la biblioteca. En caso de lograrlo corría el riesgo de
tirar los libros y rayar el piso plastificado. Dejé en la cocina una nota a la
mujer; ahora yo lo preparaba. Sabía que
no tendría el mismo sabor suyo.
Estos cálculos fueron desbaratados por las
circunstancias. En cierta medida me alegré. A pesar de que mi espacio cada vez
era más reducido no tuve que hacer piruetas para alcanzar la Atma. Al regresar encontré la misma en la cocina encima
de la mesada, mi máquina en una pequeña mesa que originariamente estaba a un
costado del living, mis carpetas y los dos libros. Por fracciones de segundo me
aterró la idea de necesitar otros. Habían pasado mi biblioteca al comedor
diario, pero para llegar hasta ella tenía que trepar a una serie de bultos que
decoraban pintorescamente el sitio.
La idea de estudiar cerca de la heladera, el horno y no tener más
que encenderlo para calentar la comida era un consuelo: después
de todo camino bastantes kilómetros por día. Es cuestión de arreglármelas hasta
el sábado. Sin embargo me disgustó que para llegar a mi dormitorio también
tenía que pasar cercos. Evidentemente esto parecía una de esas mudanzas
jubilatorias en las que se comienza tres meses antes a sacar baúles olvidados y
los tesoros que guardan crecen, titubeamos en quemarlos pero la fuerza de la
memoria alimenta antepasados que se agrandan con la visión de la niñez, ocupan
tanto espacio vulnerable a nuestros sentimientos, nos desbordan con el ímpetu
de las células que impregnan y nos asfixian. Hacemos esfuerzos tremendos hasta
que nos vencen, se instalan y finalmente se quedan.
A esta altura mi ansiedad aumentaba: por un
lado temía volver a casa, por el otro excitaba el pensar en los cambios con los
que me iba a encontrar. La confabulación de Guillermo y José por momentos
resultaba graciosa. No daban explicaciones pero tampoco se burlaban de mi
notoria desazón. Agachaban la cabeza, se miraban significativamente, a veces me
palmoteaban el hombro. Había en esos gestos cierto proteccionismo a lo
desconocido y hasta ternura. Dudaba que todo volviese a su sitio pero tampoco
podía adelantarme, clamar por mis bienes desparramados o exagerar por un sufrimiento
que tal vez resultase una liberación. A pesar de todo mi cabeza daba vueltas: el sábado será definitorio. Estaba
inerme, con las defensas disminuidas para el caso de necesitarlas. En realidad
a otro ritmo las cosas marchaban: el café, el asado en el horno, las carpetas
–lo único que no avanzaba era la tesis- por lo tanto no necesité ni esos dos
libros, de los cuales presentí se burlaban mis despojadores.
El viernes no regresé después de la
Facultad: tal vez un paseo me tranquilice. La semana está perdida, no la
voy a recuperar hasta que todo esté armado como antes.
Llegué a casa pasada la medianoche. Un poco
mareada, a qué negarlo. No acostumbro a beber whisky, pero esa noche sin
excusas aparentes tomé dos. No recuerdo haber pasado por el living, el comedor,
ni el comedor diario. Ni siquiera recuerdo haber cruzado la puerta de calle, lo
cierto es que cuando desperté y pude ubicarme no existían ni el living, ni el
comedor grande, ni el comedor chico. Nada. Fue como si se los hubiese tragado
la tierra. En cambio en mi habitación estaba la biblioteca, el escritorio, la
máquina, las carpetas. Cuando abrí un placar encontré la cocina, la heladera. La
cafetera estaba caliente. No recuerdo si yo misma preparé aquel viernes el café.
En realidad tenía todo lo que necesitaba. Solamente faltaban José y Guillermo. Estaban
por allí a las carcajadas.
PASATIEMPO
Beatriz subió al tren con la intención de
leer una revista. Gozó imaginando un vagón semivacío. La revista la ubicaría en
los dictados de la moda y en cómo preparar un gazpacho. La colocó en el asiento
vacío.
Había pasado ese fin de semana con sus
amigos; al regresar al hogar tendría que hacer una reseña. Todo era así. No se podía cambiar. Le preguntaban
–porque la querían- ella no era indiferente a ese cariño.
La esperaba un lunes agotador con ocho horas
de cátedra. Disponía –de una hora y media exclusivamente para ella. ¡Qué
bendición!
Eligió el asiento con cuidado. A esa hora
viaja muy poca gente. Subió la ventanilla; al penetrar el olor fuerte de la
tierra su pecho se ensanchó. Aspiraba aire puro. Esa sensación de libertad la
invadió, la hizo sentir capaz de transportarse. Se dejó llevar por la fantasía
como en la adolescencia. El perfume entrada con tanta fuerza, recordó el jazmín
que estuvo muchos años en un cantero de su balcón y después se dejó morir.
Quedó una aureola verduzca en el cemento en el cual se había recostado. Nunca
lo pintó. Tal vez no lo hizo por falta de tiempo si no porque es inútil querer
llenar aquello que se nos ha ido. De alguna manera quedó su presencia allí.
Beatriz tomó la revista, sintió que iba a
mirar sus figuras sin verlas, había algo en el vaivén que la distraía; removió
en su alma llamas secretas. Le inyectaba calor para que no se apagaran. Abrazó
la revista y al observar las hojas de los árboles; las tonalidades de amarillo
y ocre la dejaron sin aliento. Eran muy intensas. Sus ojos recorrieron esa
belleza con la avidez de un pintor, tenía que quedar grabada en su retina tanta
hermosura. Nada sería igual el próximo domingo. Nunca vuelve a ser nada igual.
Las hojas tomarían un color más apagado, sin fuerza. Eran un desborde vital; se
las vería chamuscadas y prontas a caer.
El tren paró con lentitud como para ubicarla
en la realidad. Ascendió bastante gente. Al volver a la revista, el diseño de
un gorro le agradó. Sonreía a esas páginas y sin embargo se sonreía a ella
misma hasta que sintió que alguien se acomodaba a su lado.
-Qué día hermoso ¿no es cierto? ¿No es
cierto señora que es un día hermoso? Se
dio cuenta que era a ella a quién se dirigían.
-Por supuesto, sí –balbuceó, como saliendo de
un sueño
-La verdad que hace un tiempo que no
teníamos un fin de semana tan lindo. Durante la semana hace un tiempo precioso
y los sábados y domingos llueve siempre. ¿No es cierto señora?
-Sí, claro –respondió.
-A mí me hacen feliz estos días ¿A usted no?
-Sí.
-Bueno, feliz es un decir porque soy viuda
¿sabe? Mi marido murió hace tres meses. De un síncope. Todo fue tan rápido. No
tuve tiempo de darme cuenta. Cuando reaccioné me vi vestida de negro y sin mi
Antonio ¿se da cuenta?
-Me imagino, señora.
-Y eso no es lo peor. No se da una idea de
lo que es estar con estas ropas negras todo el día. Se ensucian, toman pelusa,
la tierra penetra más. Después dicen que la ropa negra es más limpia.
Cuando Beatriz volvió a abrir la revista la
señora dijo:
-Sabe el presupuesto que tengo para
mandarlas a limpiar, porque haciéndolo en casa toman un color arratonado. Ya
estropee dos polleras y como tengo que venir siempre a lo de mi hermana ¡debo
estar presentable! ¿No es cierto?
-Sí, señora sí –repuso y miró hacia la
ventanilla.
-Tengo que venir; imagínese, la pobre está
peor que yo. Tiene el marido paralítico desde hace seis años. Se hace todo
encima. Es un desastre ¿no le parece?
-¡Sí!
Señora sí –respondió Beatriz casi con desesperación.
Volvió a abrir la revista. Trató de
interesarse por una boina cuando la mujer se asomó por su hombro y dijo:
-¡Vio que linda revista! Trae todo
explicado. Yo le tejí un pullover a mi hija. Seguí todas las instrucciones.
Quedó precioso.
-Sí, señora –dijo Beatriz con desaliento.
-Usted sabe qué cara está la ropa ahora. Una
tiene que darse maña. Si no, no se va a ninguna parte ¿no le parece?
Beatriz observó a su alrededor. Todos los
asientos estaban ocupados. Fijó su vista en la de la señora, le sonrió con clemencia
¡Faltaba tan poco para llegar! Miró hacia afuera cuando la mujer dijo:
-Si no le molesta puede cerrar un poco la
ventanilla. No me di cuenta antes, pero me resfrío de nada. ¿Sabe con que me lo
curo últimamente? Con un remedio casero que me dio mi hermana. ¡Es infalible!
Con todo tengo que quedarme en cama tres días ¿quiere que se lo pase?
-No, yo nunca me resfrío señora.
-¡Ah bueno! Yo decía porque siempre sirve
para alguno de la familia. De todos modos no tenemos tiempo. ¡Ya llegamos! ¡Vio
como conversando se llega más pronto?
EL DESIERTO
Ischigualasto. Sed. Sed. Ischigualasto.
Guadal. Sed. Sed. Tembladeral. Ischigualasto, paisaje lunar. No llueve hace
tres años. Entro al valle, me aproximo a la ceniza hecha piedra. Mis pies se
hunden, siento que el cataclismo puede estar cerca. Ahí nomás a la entrada, el
pequeñito hilo zigzagueante de agua. Una casucha, dos, tres, no más.
Ischigualasto. Por qué le pusieron otro nombre. Por qué me recuerda al Sahara, al
Sahel. Un científico dijo que hay agua debajo de esos desiertos. Ese hombre
sabe, peleará para que los habitantes no mueran de sed. Sahara, fatamorgana.
Diez millones de seres. En cambio en mi Ischigualasto quedan muy pocos
aferrados al paisaje lunar. Deberían buscar sitio en la estratosfera. Están
defendiendo sus tierras sin papeles que les reconozcan derecho. En medio de las
disputas son el último terraplén. Los fósiles los descubrió un descendiente
-muy curioso- del indio. Pasaba el ganado a Chile y sus vacas pisaban esos
fósiles que encierran millones de años. Tengo calor. Tengo sed. Los ojos de
ceniza me alcanzan una piedra, se abre como un tronco reseco y veo un helecho
que se confunde con las líneas de mi mano. Hasta cuándo van a soportar. Hasta que aguante la última oveja. Por allí no, se va a hundir –me dice el
indio- van a hacer hoteles, nos van a
pagar la tierra. ¿La tierra? Sí.
Tengo sed. Me acuerdo de los diez millones que morirán dentro de poco. El científico
dijo que debajo del Sahara hay agua, usará los rayos solares para sacarla. Las
Naciones Unidas, todos, todos debemos ayudar. No pueden morir. El hará como los
israelitas. No puede ser que mueran. ¿Quiénes?
Ojos de ceniza, vos tampoco, ni los tuyos. Por suerte son pocos.
Ischigualasto. ¿Mire! Allí petrificado el
submarino, más allá el loro, ¿le gusta? En medio de las cenizas veo un
fulgor que se derrite. Estoy cansada. Debe
apurarse si quiere ver algo, todavía quedan algunos huesos. El sol, el sol,
la sed. Cómo será en el Sahara, fatamorgana. Espejos de sol en mi Ischigualasto
me quieren fundir los ojos. ¡Por allí no!
Es lindo ¿no es cierto? ¡Vale la pena venir! -afirma el indio. Dejamos atrás los turistas
en coche. Calor. Calor. Yo también me saco cenizas de los ojos. Calor
insoportable. Dentro de unas pocas horas hará frío, frío. En otra latitud el
científico hace todas las gestiones, golpea todas las puertas. Para muchos el
Sahara es sólo un punto que no duele a nadie. Veo un pezón reseco en una boca
que no tiene fuerza para chupar. Mi hombre esboza una sonrisa y se le queda
hecha piedra. Está trajeado. Un indio trajeado. Por momentos los pliegues de su
traje de arena se hunden y lo veo hecho piedra que se resquebraja como el
helecho. Mi boca reseca aspira el aire y se me mete la arenisca en los ojos, en
los oídos, en la boca, en el vientre. Soy toda arena que va a derretirse. Sólo
monotonía, ni la muerte se va a dejar sentir. Me voy a transformar en paisaje
sin siquiera gritar, como el niño que busca el pezón reseco. Allá lejos el
científico sigue gestionando. Qué palabra tan horrible. Apúrese si quiere ver algo, después hará frío, mucho frío. No se
puede medir con el mismo rasero a todos los hombres. El científico quiere hacer
el bien, por qué tantas gestiones. Su genealogía es buena, por qué le hacen dar
tantas vueltas. Veo varios niños resecos y panzudos y ya no sé si estoy en
Ischigualasto, en el Sahara, o en el Sahel. El hombre de los ojos de ceniza
sigue caminando delante de mí. Yo devoro kilómetros de una superficie que
excede a la de la Argentina volviéndome arena. Es absurdo –dijo el científico-
porque debajo se encuentra una inmensa reserva de agua. Todos morirán de sed.
Los niños, las mujeres, los hombres. ¿Cuánto?
Cinco veces más grande que todos los lagos del mundo juntos. Seguí luchando, a
esos niños se les desmorona la poca arena que les queda y cada vez será más
grande el desierto, el agua estará cada vez más adentro. ¿Sí señores! Se podrían perforar los pozos para irrigar el cinturón
desecado de los países del Sahel. Pero, ¿y los armamentos? ¡Por favor señores! Lo que gastan en
armamentos y en otras cosas excede la comprensión del cerebro humano. Seguí,
científico, seguí. Nos estamos calcinando lentamente. Cómo será en los otros
desiertos. Yo sé que lo vas a conseguir y mi hombre de Ischigualasto también. Alcanza
un pedazo de hueso. El indio no permitió el último ultraje. Estoy recostada en el osario y siento pasar encima de mí el
ganado sin lastimarme. El viento comienza, estoy en el centro del vórtice. Debemos apurarnos. Uno de mis huesos
queda junto a los otros y al hombre se le van cayendo las cenizas de los ojos.
Están vivos. Me tiende la mano atávica, prefiero el otro infierno de sus ojos,
antes que su lucidez. Corro, desando. Corro, desando. Los diez millones de
pares de ojos están concentrados en mi hombre de Ischigualasto –ahora Valle de
la Luna. Hace frío, mucho frío. Es necesario creer. Arenisca volátil. Otra vez
el loro, el submarino, el helecho adherido a mi mano definitivamente. En otra
latitud el científico está por conseguir el dinero. Frío, frío que despega la
arena muerta y trae otra viva. Ojos de ceniza renovada. El agua ahuyenta la
pelagra. El científico no les da alce. Parece un bagual, no lo pueden domar, no
lo pueden comprar. Veo otra vez el hilito de río y las casuchas. Tengo el frío
metido en los huesos. La sangre tiene el color tornasolado de la arena. Se
estiran los últimos pliegues del indio trajeado. Pienso que el científico
saltará el seto ante quién sea, y sin embargo el dinero para perforar pozos en
el Sahara, se marcha para refaccionar la carretera donde se corre el premio de
Le Mans y al científico se le ponen los ojos como a mi hombre de Ischigualasto,
a partir del momento que se llevaron los fósiles de millones de años para otros
mundos.
OJOS DE TALADRO
-¿Llegó el opa?
-¡Sí doctor! –contesté.
-Hacélo pasar.
Me impresionaron sus ojos. Algunos similares
había visto aquel verano, pero esa mezcla de asombro y cansancio terminó por
irritarme. Sólo después que volvió a su comarca comprendí. No eran sus ojos los
que me acusaban sino yo misma. Yo también fui cómplice.
Durante las vacaciones transité por los
paisajes donde él está dejando su sangre. Nunca me preocupó que se derramara.
Tal vez porque se perdía de a poco. Tal vez porque estaba lejos. Cae y se
horadan cavernas en las que se anidan pájaros depredadores. Hay otros pájaros
que llevan en el canto el lamento de su raza. Raza maltratada. Cuántos de
aquellos ojos tratan de ocultar su ascendencia. Las paredes de los cerros lo
saben. Ellas guardan el secreto adherido a sus rocas.
Esos ojos me taladraban sin agujerear. Encierran
en un círculo del cual sería difícil salir. Nunca me pareció deshonesto recibir
el porcentaje del abogado.
Cómo se siente la patria en el norte. Mi
jefe dijo que iba a guiarme a elegir las vacaciones. Él reía de mis escrúpulos.
Cuántos hay en idéntica situación –decía- querés que vivamos del aire, acaso no
estamos todo el día entre papeles.
Expedientes. Expedientes. Montones de
papeles para justificar diplomas. Diplomas ganados con el sudor de las frentes.
¿Para qué? Para pagar en parte la enfermedad que contrajo el hombre en el
servicio militar.
-Acompañá al opa al sanatorio –me dijo-
dejáte de pavadas, fijáte bien que le saquen la radiografía y la sangre. No le
voy a pagar otra vez el pasaje.
No es un opa. Qué va a serlo. Él tiene un
paisaje que le viste todas las paredes. Nosotros en el estudio tenemos cuadros.
Él nos aventaja en adornos. Sólo en adornos. Tal vez sea un descendiente de
aquellos que diagramaron Santa Rosa de Tastil. Cerca de allí vive. El eco de
aquellas piedras golpea mis oídos. Ciudad dormida por siglos. Sentí el latir de
sus moradores en urnas diseminadas, como pedazos de sus almas expuestas al
viento sin triturar.
No. Este hombre menudo no es un opa. Sus
hermanos abandonaron aquel estandarte; ya sabemos por qué. Yo no lo puedo
abandonar a él, pero no sé qué tengo que hacer. Qué puedo hacer.
Mientras esperábamos en la salita aparté su mirada. Yo recibiría algo
de lo que a él le corresponde. Seré una tonta pero no pude evitarlo. Con un
sueldo fijo habría sido distinto. Aunque pensándolo bien es lo mismo.
Estaba partida en dos. No sabía cuál de mis elásticos cedería
primero. El abogado reclamaba. Siempre me gustó. A qué negarlo. Hice pasar a
otro cliente. Los ojos escrutadores del hombre también reclaman.
Cuando lo acompañé al sanatorio le pude
sacar algunas palabras. Tardó tres días en bajar de la montaña. De a ratos
caminando. De a ratos algún camionero. Después el tren. Hacía quince años que
esperaba el pago. Podía trabajar muy poco. Sin contrato.
Mientras el médico le descubría los pulmones
yo veía sus ojos en el fondo de una urna. Imaginaba sus cuencas vacías. Así
quedarían dentro de poco sus pulmones. Lo veía sin ilusiones por aquellos valles
de tantos colores. Los tonos brillantes eran una ironía.
Regresamos al estudio en silencio. Debía firmar
otros papeles. Deseaba que se marchase. Removía en mi alma aristas que se
acomodaban lastimándome.
Sí. Cuanto antes se fuera sería mejor para
todos. Hacía cuatro años que trabajaba allí. El doctor tenía razón, las
vacaciones me cambiaron. No era cierto que viviendo en la montaña nadie se
ocupa. Acaso él no lo hacía y yo también a mi manera. Después de todo el doctor
siempre tenía razón. Por qué me tomaba tanto trabajo.
Ojos. Ojos que no pude olvidar. Ojos de
taladro. Recorridas. Recorridas por esos pasillos de mármol que enfrían el
alma. Debiera ser un palacio y lo es. Un palacio de la verdad. También lo es,
amoldado a nuestros gustos. Día tras día caminé por sus laberintos. Traté de
buscar en los folios la nota que apaciguara la urgencia retenida en su mirada.
El frío del mármol cala los huesos. Un día entró despavorida una paloma por una
de sus ventanas. Se hizo nítida la imagen de los pájaros horadando las cavernas
del hombre.
No sé para qué volvía a ese edificio, si los
pájaros picoteaban y a él le iba a quedar tan poco de todo. Las placas me iban
a encerrar. La paloma se entretenía en mutilar mi alma.
Folios, folios marcados, cosidos, con agujas
largas que tratan de unir injusticias. Caminatas de todos los días, perseguidas
por sus ojos y las palomas. Llegó el
momento en que sus ojos me agujerearon. Había salido su expediente.
Llegué al estudio con la cabeza hecha un
nido de palomas. El cuadro impresionista nubló mis ojos.
-¡Ana María! ¡Qué linda te viniste! ¿A ver
esa carita! ¿Qué te pasa? ¿Qué novedades traés?
-Salió la sentencia de Rodríguez.
-¿El opa que hizo la colimba en el sesenta?
¿Por incapacidad?
-Sí.
-¡Qué bárbaro! ¿Y tenés esa cara? Vení. Vení
que te pago por adelantado. Yo me quedo con la retroactividad y te aumento el
porcentaje en un quince por ciento. ¿Estás conforme?
-No doctor. No. Yo me voy, para siempre.
Confío, aunque sirve de poco que mi parte se la dé a él.
EL IMÁN
Todo ocurrió como en un sueño, un mal sueño.
Una pesadilla. Esas que nos hacen despertar temblando y bañados en sudor.
Cuánto tiempo pasó desde que estuve apoyada en la baranda hasta que la vi
caminar por ese muro. Cuánto tiempo pasó desde el momento en que grité hasta
que la vi perderse en las aguas color león. Una pesadilla puede transcurrir en
apenas segundos, pero qué interminable parece. Cómo pude distraerme y confiar
en una chiquilina como Mara. Qué pedazo de mi niñez se recortó en ese fatídico
instante al punto de olvidarme de ella. Cuando niña qué miedo me inspiraban
esas aguas. Sería un presagio. Cuánto transpira mi niña. Recuerdo que al mirar las
aguas pensaba que si cayera en ellas no podría salir. Sería absorbida. Cuántas
veces lo pensé. Había visto una película en la que un hombre horrible hundía a
otro bueno en aguas aceitosas, impregnadas de petróleo. Cuando mi padre me
llevaba allí yo imaginaba que eso podía ocurrirme y por más que intentaran salvarme,
sería tragada. Había muchos metros de la baranda hasta las aguas: moriría antes
de tocarlas. Qué habrá sentido mi
niñita. Ella reía al caminar por las barandas cuando grité. Quién fue la que
cayó ella o yo. Recién ahora empiezo a reconstruir el rompecabezas. Enseñan que
el corazón no duele. No puedo precisar exactamente qué es lo que más duele.
Todavía están sueltas las piezas, debo tratar de unirlas. Creo que la única
manera de lograrlo es al escribir.
Mi padre reía gozoso cada vez que el anzuelo
le devolvía un pez. Yo también reía con nervios. Demostraba que no me daban miedo
esos ojos cadavéricos, ni los estertores como si les aplicasen electricidad.
No, a mi no me daban miedo los pescados medio muertos, ni ese río oscuro. Podía
acompañar a mi padre como si fuera un hijo varón. Eso sí, debía cuidarme de la baranda.
Iba al coche tiritando, después de un rato volvía con el pretexto de ver
cuántos pescados más engrosaban el balde. Qué asco. Miraba las aguas entre
medio de los barrotes de cemento; agachada. Él reía y debía avisarle cuando la
línea se movía. No miraba las líneas, al caer sería succionada por un pez
llevándome hasta el fondo donde sería despedazada en venganza por la trampa que
les tendía mi padre. No: la nena no pudo pensar tantas cosas. Yo
era más grande, ocho, tal vez nueve años. La nena es chiquita. Dios quiera que
no le duela ni piense en nada.
Qué costumbre la mía: dejarla subir a las
barandas. Los bancos de las plazas también le atraen. Me pide que le de la mano
cada vez que trepa a ellos. Mi padre llenaba el balde de pescados de ojos
asesinos en vez de asesinados. Él reía de los que pagaban el club y no pescaban,
hundía mi gorro azul hasta las orejas. Ayudaba
a llevar al coche todos los implementos; los pescados boqueaban en mi mente. Por
la noche caía en esas aguas y ellos inexplicablemente saltaban de la sartén de
mi madre. Devoraban. No podía comerlos. Devolvía siempre. Mi madre consideró que
era alérgica. Así me salvé de esos monstruos.
Estas cosas se mezclan de un costado y del
otro y dejan grietas sin soldar. Espero
que se junten y pueda unir las piezas de este puzle.
La niña trepada. Los gritos. La pequeñísima
playa en la esquina anterior al club de pescadores. No puedo. No puedo.
No
sé si la playa la vi en ese momento. Antes no existía ese pequeño trozo de
tierra. Estaba cubierta. No había un solo lugar donde asirse.
No sé cómo Mara pudo soltar a la nena. No me
explico. La nena cayó. Trepé a la
baranda, perdí o tiré los zapatos. Las aguas tragaban. Mi brazo la apretó. Dios
mío que no se muera. Dios mío, dame fuerzas. Tengo que hacerlo. Mi padre lo
hubiera hecho. Debo llegar. La nena parece dormida. Dios mío que no esté más
que dormida. Que no sienta nada. Nunca más la voy a dejar. Ayúdame. Mi mano rozó esa mezcla de tierra gelatinosa.
Me abracé a mi hija llorando, nuestros cuerpos estaban sucios como los de
aquellos hombres en el petróleo.
Hace un momento le coloqué el termómetro.
Está bien. Mara no vino. Al guardarlo se rompió; vi correr el mercurio como un
imán por la colcha y el reflejo de la luz en aquellas aguas parecidas al imán.
EL NÚMERO
Pensó en el
escriba Carver, en Los 400 golpes,
en los dos mil euros, la necesidad. La
obsesión, el poco espacio, los bordes, los puntos, la longitud, las matemáticas:
con las que nunca me llevo, no NO.
Fue al grano, iban cuarenta y cuatro.
Nunca la había
perturbado la hoja en blanco: exaspera el
límite; la hoja alba es la inmensidad, el juego perpetuo, la anchura.
Peleaba y
peleaba con la asignación, la discriminación, la tutela, el arbitraje académico
y: la mar en coche.
Lejos de
sentirse sola por la falta de coincidencias entendía más y la entendían menos: ¿y la franja de Gaza? La palabra límite no debe existir –afirmó.
Ya iban ciento dieciséis.
Al 16 le tenía
mucha inquina porque su madre había muerto un dieciséis y el 100 no le gustaba
porque tenía aprehensión a los ceros –enfatizaba: no es lo mismo si van adelante o atrás ¡y todo por las convenciones! En general se llevaba mal con todos los
números.
Admiraba a
García Márquez pero le reprochaba su trabajo de periodista. El cineasta Truffaut
la seguía inspirando pero convenía que hacía mucho tiempo había dejado de usar
la máquina de escribir.
A ella le reprochaban no trabajar en algo
seguro: viviré en la vía antes ser docente,
atarme a los copetes o limitar las palabras. Ya iban doscientos
veinticuatro: ¡otra vez el cuatro! ¿Qué
querrá decir? ¡No afligirse queda
resto! Iba a juramentar su amistad con los paréntesis, las matemáticas,
encuadres de cámara y demostrar su distinción por el pequeño ángulo que deja la
sombra de una hoja.
Su familia no
entendía en qué empleaba el tiempo, ella sabía hacer sus cálculos y hacer valer
sus treguas: defiendo a ultranza la
pensión del escritor ¡por si alguna vez me toca!
No tenía problemas
con los grafiti, símbolos, marcas del tiempo, pancartas, géneros mezclados.
Reía con la piratería de las leyendas. Veneraba las utopías en general: acaso no son una mixtura de utopías y emblemas
Obama ganando el Nóbel de la Paz o ¡A la Argentina no llega la crisis
mundial!
Se preguntó
si los ángeles de Marechal no habitaban Buenos Aires junto a los demonios
siempre dispuestos a activarse y comprendió su tiña al margen: no es lo mismo que márgenes.
Ese silencio de algunos, ese borde sin analizar, podía parecer: si desaparecieron por algo será. Iban
cuatrocientas palabras; la minificción que olvidó enviar al concurso.
LA AMPOLLA
Mientras introdujo la aguja sintió el líquido
calarle los huesos. La vieja se revolvió, igual que siempre. Cuándo dejará de sufrir. Hasta cuándo
esa estructura correosa se amoldaría a los caprichos del destino. Ese que se
empeñaba en retenerla sin esperanzas: Dios no es justo, se ensaña demasiado con
ella. Trató de justificarse, cada vez se hacía más difícil recurrir a ese
método, cada vez sentía más nítidamente que su propia vida se acortaba y no por
el desgaste lógico: pero qué puedo hacer,
cómo puedo salir de esta situación. El sueldo no le alcanzaba: tengo que irme. No podía esperar que los
acontecimientos se precipitaran. Los vio venir despacito, con cierta inercia,
desazón y amargura.
En el pasillo calculó a cuánto engrosaría su
cuenta doméstica con la nueva ampolla que tintineaba en el bolsillo de su
blanco uniforme. Faltaba bastante para terminar su turno. Qué haría su hija
adolescente mientras tanto: siempre llega
mucho después que yo. Esto le daba cierta tranquilidad. Su marido, el
padrastro de su hija, el hombre al que se había unido para que tuviese el padre
que no pudo darle se había puesto cargoso. No le faltaba el respeto pero había
un brillo extraño en sus ojos al mirarla:
los hombres no deben pasar mucho tiempo desocupados.
A Pedro le otorgaron una pensión por
invalidez, por causa de aquella cizalla que le seccionó tres dedos: es tan poco lo que gana a gatas si alcanza
para pagar la pensión. El no
conseguía otro trabajito, aunque fuese liviano como ayudar a don César en el
kiosco. Le había prometido el turno de la noche, pero como las cosas no iban
bien no tenía más remedio que trabajar los dos turnos. El alquiler había subido
al doble.
Al principio Pedro caminó bastante para
conseguir trabajo. A su edad, cuarenta y ocho años y con su problema era muy
difícil. A veces hacía colas de hasta sesenta personas delante de él y cuando
le miraban las manos nl le tomaban los datos. Deambuló varios meses hasta que
se volvió sospechosamente casero. Esto coincidió con el reventar de las formas
de su siempre pequeña hija. Ésa que tantas veces había jugado encima de sus
rodillas.
Los
hombres desocupados adquieren malos hábitos como beber más de lo acostumbrado y
la muchacha era demasiado hermosa para que él pudiera distinguir lo que debía
hacer, ya que lo que sentía hacer era otra cosa.
Se sacó el uniforme y extrajo del bolsillo
la ampolla de color ámbar y la introdujo en la cartera.
En la calle la sobresaltaron las guiñadas de
un coche en dirección a una joven: qué
hace una chica cuándo tiene que hacer tiempo hasta que regrese su madre.
Tal vez suba a un coche como ése y después: Dios
no lo quiera aparece en una zanja.
Subió
al colectivo con una angustia que le atrapaba ese músculo cansado de tanto
luchar, hasta el punto de sentir un dolor sostenido que aflojaba de a ratos tan
sólo para darle breves respiros.
Debía irse de su casa cuanto antes: si al menos pudiésemos sacar algunas cosas.
A Pedro lo enfurecía todo desde que empezó a tomar: cuánto saldrá sacar las cosas. Cómo haremos para que él no se dé
cuenta. Seguro que no nos dejará ir. No por mí, claro está.
Él estaba tumbado al regresar, debió
confundirla porque deshilvanadamente dijo: venga, venga cerca de su papito. A
ver qué lindo suéter tiene hoy. Con
desprecio lo empujó; él, boca arriba tuvo un sueño pesado con ronquidos profundos.
Sacó del fondo del ropero una caja de
madera. En otra época contuvo bombones. Estaba repleta de ampollas, le sumó la
que tenía en la cartera. Ninguna valía menos de la comida diaria para ellas.
Con el sueldo pagaría la pensión y los estudios de la chica: ella debe estudiar, no debe ser como yo, una
mucama ascendida a enfermera. Tengo que dejar de lado mis escrúpulos, la
realidad es ésta, tengo que cambiarla. De todos modos no se lo hago a
cualquiera. Todos están desahuciados como la vieja de la quince. Qué podían
hacerle en definitiva los medicamentos sino prolongar la agonía. Si no les
ayudaba tampoco empeoraba las cosas el agua destilada.
EL CERCO
Casa de las Américas –mención
especial- Revista 105. Año 1977
Libertad es poder elegir. Eso es. Entonces
elijo. Mientras me encamino hacia el lugar veo las banderas que adornan los
balcones. Ellas recuerdan la fecha patria. La libertad. La libertad de escoger
un trabajo, caminar por las calles, tener un hijo. Tener un hijo y poder
criarlo como Dios manda.
La tarde es muy fría, lluviosa, la peluquera
sacó el gomero para que el agua le limpie las hojas. Hojas grandes, carnosas,
al lado de la bandera rala, deshilachada. Por qué no le habrá cosido los
bordes; vale más un remiendo decoroso que mostrarla así.
Son las cinco de la tarde, todavía faltan
dos horas, será de noche cuando concrete mi elección, será de noche y la
penumbra tal vez aplaque esta ansiedad que crece como el trigo. Todo sigue su
curso inexorablemente. Toda semilla crece. No es bueno detener su florecimiento.
No es bueno reducirla a eso: solamente semilla. Hay que dejarla que la lleve el
viento y la aloje en un nido para que le broten tallos de colores.
Qué hermosa esa planta de azúcar: es pequeña
justo para adornar el balcón de una gran ciudad. Tendrán oídos las plantas,
algunas parecen tan débiles como un embrión. Le harán daño las sirenas, esas
que a fuerza de oírlas terminan por resultarnos indiferentes. Soy una mujer
emancipada que puede elegir, mujer de ciudad que no tiene tiempo para hojear
una revista. Qué se me ha dado ahora por preocuparme por la botánica. Desde
cuándo el crecimiento de un árbol, de una flor, detiene mis pensamientos.
Viene la noche; deambulo. Estas calles
aceitosas devuelven la imagen del fantasma que tal vez habría querido ser, o
del que soy. En la esquina veo mi silueta partida en la farmacia. La sombra me
sigue y yo a ella. En qué momento se fusionarán, en qué momento dejaré de estar
en dos, cuándo podrá trasegar la una en la otra y de esa mezcla salir aunque
más no sea un esbozo sin condicionar de mujer. La liberación parte de uno
mismo. Ya opté, o mejor dicho voy a consumar el hecho. Sin embargo no estoy
convencida; sigo dando vueltas y sé que no tengo otra alternativa. Viene a ser
algo así como una libertad con alas mutiladas.
Las calles parecen más oscuras en un día
como éste. Juan me aconseja evitar riesgos. La
vida es un riesgo constante, Juan. Aunque él tiene razón, pasan tantas
cosas. Si me tomaran entre tres o cuatro, a pesar de los pases de yudo que
aprendí en el club me reducirían enseguida. Esos
seres no pueden ser normales, no es cierto, Juan. Qué pueden sentir de esa
forma. Cómo se puede hacer del amor una brutalidad, deben estar drogados. El
amor es maravilloso aunque una tenga que ponerle límites, aunque una tenga que
ponerle vallas, para que no fecunde a la flor.
Las calles quedan atrás, yo me aproximo a un
subterráneo, entraré en una dimensión de la cual difícilmente saldré indemne.
No tengo otro remedio. No puedo mortificarlo tanto. No puedo coartar siempre
sus impulsos en los momentos más bellos.
Esto parece un lodazal; o lo es, no puedo
distinguir bien. El médico aconsejó lo mejor, él tampoco tiene culpas, dice que
suelo filosofar demasiado; es cierto, mezclo todo: lo bello, lo corrupto, la
atadura, la libertad, el deseo, la represión, ya no sé hacia dónde me encamino:
Juan pide que me cuide, él está muy ocupado, aún más que yo.
Lo medité mientras lavaba los platos, me dictaba
el jefe, bañaba o hacía el amor. Eso está mal, cuando se hace el amor no hay
que pensar en otras cosas, no hay que medir consecuencias.
Esta cripta termina en un punto apenas
visible: qué hay allí, no distingo mi sombra. A mis espaldas le han cortado las
fronteras, existe la nada. Ese punto apenas visible atrae como un imán, debo
seguir aunque en el me esperan las bestias para sojuzgar lo que queda de mí. La
cabeza me da vueltas, veo círculos grisáceos, aflojo los brazos, deposito la
cartera, siento arrastrarme por un torrente que nunca pensé constaría tanto asumir.
En el escritorio vislumbro recetarios y una
sonrisa siniestra pretende calmar mi desconcierto. El punto se achica como una
mancha de tinta absorbida por un secante. Me toman los brazos, atino a
cruzarlos sobre el pecho y cierro con fuerza las piernas.
Por favor no. Suéltenme. Por favor no. Nadie
puede mancillar lo que pertenece a Juan. No escuchan mis gritos. El hueco de luz será un zaguán de una casa
desierta. Nadie atiende. No pueden violentar lo que Juan homenajea.
Las drogas. Ese olor me llega hasta la médula.
Aflójese. Por favor no. Tengo que
sacar fuerzas de cualquier parte y no dejarme avasallar. Quédese tranquila.
Abra las piernas. Abra las piernas por favor.
El
olor contamina la sangre. Pienso, piensan: a esta turra le voy a romper las
piernas. Esa voz de qué lugar secreto de mi proviene. Cuál es la realidad. Bestias,
bestias.
En cambio Juan suspira todo el tiempo y
pregunta: ¿te gusta, mi amor? Así te gusta? Sí.
Sí. Sí.
Animales: de dónde han nacido. Qué sociedad
les ha abierto los brazos. Por qué ella me obliga a esto.
De mis ojos chorrean gotas impotentes de
sangre. Ya pudieron conmigo. Me han frenado, seccionado en nombre de mi
libertad. Caí en la trampa, la señal son mis piernas abiertas. Dilatan mi sexo;
mil gubias trabajan al mismo tiempo. Quisiera gritar y no puedo. Las máscaras
que sostenían mis alaridos se descuelgan. Soy un animal herido, ni puedo
vociferar. Mi cerebro percibe el horror pero no emite señales. Todo es inútil,
siento el pecho apretado por un peso enorme. El corazón sigue dando tumbos, las
voces resuenan en mis oídos, el olor amenaza ahogarme, la cabeza me va a
estallar. Dios mío, una tenaza me mordió el útero, ahí despierto un segundo.
Estoy toda hecha sangre, una gota gruesa inunda mis oídos, con un golpe seco
una lágrima de Juan se abrió en mi linfa, en un descuido mi mente transmite
ondas, siento batir mis piernas, plegándose como las alas de un pájaro a punto
de partir y de nuevo las voces de mi conciencia confunden, hacen pagar deudas: abrí las piernas, turra, todavía no aprendés, no ves que no podés hacer
nada, estás violando los derechos de la naturaleza.
No me deshonraron, debo razonar esto como
una simple operación. Por qué me preocupa la moral mientras me muelen la carne.
Han manchado mi libertad, mi libertad de elección. Por qué tienen que tomarme
por la fuerza. Qué estoy pensando, si yo elegí, elegí porque no tenía otro camino;
no es consuelo mentirse a sí mismo. Dónde está la libertad si me tienen
inmovilizada, aunque el método, el mecanismo trate de amoldarse para la
conveniencia de quién. Abrí las piernas, no aprendés todavía, mujer emancipada
cerrándose en su propio círculo.
Una débil luz comienza a colarse, tintinea,
emerge del subsuelo, se corta de a ratos, como si los polos no quisieran
unirse. Los murmullos dan pánico. Me duele todo el cuerpo, el alma ha quedado a
un costado, si alguna vez se une a mí, quedará marcada como un pergamino.
Abro con torpeza los ojos, me recupero un
poco, recuerdo: la elección, preferí que una serpiente cercara mi útero en
espiral porque no puedo dejar que las semillas de Juan me broten en flor.
AQUELLA MUJER
El hombre llegó aquel día arrastrándose como
pudo. Hacía tres noches que faltaba de su casa. Su mujer estaba muy preocupada
pero no imaginó que le hubiese ocurrido algo grave. Se habían peleado unos días
antes. Todo por aquella mujer. Cuántas cosas sabía, muchas que ella ignoraba, Estaba
al tanto de lo que sucedía con los boletos.
Él comenzó a llegar más tarde, su turno
terminaba a la una de la mañana. Siempre de mal humor, no jugaba con los
chicos. Nunca se ocultan estas cosas, los chismes corren rápido. Ella esperaba
esa noticia, finalmente llegó como la conclusión de un pullover. Dispuso la
comida del pichicho; el no dejó de mirarla a los ojos, interpretó sus lágrimas
mejor que un humano. Qué hago ahora – preguntó toda la tarde.
Cuando esa noche él se desplomó en la cama
quiso hablarle; le faltó valor. Al día siguiente resolvió visitarla. No estaba
bien pero la curiosidad pudo más. Se vistió con lo que consideraba su mejor
ropa, se marcó el pelo y después de dejar a los chicos en el colegio fue a esa casa.
La
recibió una mucama. Mientras esperaba en una coqueta salita dudó que le
hubiesen dado bien los datos. Sin embargo cuando se presentó aquella mujer supo
que se trataba de ella. Tenía el físico que a él le gustaba. No es linda, sino
llamativa, salvaje. Su pollera y la blusa quedaron descoloridas ante aquellas
ropas caras y de colores que resaltaban el rubio de su cabellera. Era lógico
que él estuviese enloquecido, pero y ella: qué podía sentir por un colectivero
como su esposo. Cuántos pares de zapatos como aquellos podía comprarle con su
sueldo. Si no les alcanzaba para nada, a pesar de los malabarismos que hacía.
La respuesta llegó cortante después ésta encendió un cigarrillo: me gusta –dijo- simplemente me gusta, no te imaginás que le saco dinero. Sólo me trae
algunos chiches que no necesito. No te preocupés se me va a pasar pronto. Los
hombres necesitan escapes.
Salió
de esa casa completamente aturdida, más de lo que está ahora. Él llegó arrastrándose,
ella lo sostuvo y ayudó a desvestir. Estaba malherido, no como en las otras
peleas. Nunca falta un pasajero provocador. Esto era diferente. Quiso llamar a
un médico él se lo prohibió, casi no podía hablar. Nombraba constantemente a
los chicos.
Durante los tres días de ausencia creyó que reaccionaba
de esa manera porque aquella mujer la había delatado. Ocultó a todos su
ausencia. Les mintió a los chicos. Sentía miedo a su regreso. Tal vez quería
darle un escarmiento; no imaginó que iba a llegar en ese estado. Qué tenía que
ver aquella mujer en todo esto.
Acomodó su cabeza en la almohada. ¡Dios mío!
Sus ojos daban vueltas. No sabía qué hacer. Corrió a buscar una vecina y cuando
regresaron estaba inundado en un vómito de sangre. Le pedía que se cuidara, que
no dijera nada, que iba a ser peor. Al final murmuró: ellos… ellos… los
boletos.
Ahora está velando a su esposo. No tiene
derecho a estar aturdida. Debe pensar en sus hijos. Estuvo siempre lejos de lo
que él hacía. Cualquiera sabía más. Todo se precipitó. Su candidez comenzó a
quebrarse cuando supo de la existencia de esa mujer. La misma que hace un
momento la quebró del todo; abrió sus ojos como ella tuvo que cerrar los del
hombre. Hizo bien, aclaró la situación. Cuántas cosas debía ocultar ahora,
quién podría ayudarla. En un primer momento pensó en una investigación de la
cual aquella mujer saldría bien parada, en eso no erró. Ella no tenía nada que
ver, aunque se atrevió a ir a su casa la descarada. ¡Pobre Eduardo! –dijo- yo le aclaré que no cortara los boletos. Cuánto
más podía ganar con eso. El dueño tiene muchos amigos, se habrá enterado que le
robaba. A esos hijos de puta se les fue la mano pero yo no me voy a quedar
quieta.
LA PAJARITA DE CELOFÁN
A las once
peluquería: a las dos de la tarde modista: a las tres masajes: luego el tiempo
justo para retirar los niños del colegio. Una vez a la semana Ofelia hacía esa
tarea, aconsejada por el psicoanalista. Pensó si valía la pena, los chicos
subían al coche mirando con nostalgia el micro y sus compañeros. Pero el
psicoanalista insistía y ella hacía caso. Al regresar los esperaba Berta con la
mesa dispuesta. Era el día en que tomaban juntos el té. Los restantes eran de
sus amigas en alguna confitería suiza.
Ofelia es una
mujer hermosa. Posee esa belleza armónica que perdura, no exenta de sensualidad;
una llama que se atiza con el correr del recuerdo. Tiene pómulos lo suficientemente marcados como
para definir una personalidad. Sus manos
son finas, de dedos y uñas largas, ovaladas, de un color nácar que la defienden
a medias de sus movimientos felinos. Los cosméticos no pueden borrar lo de
ancestral que encierra. Sus piernas también son largas, invariablemente
cruzadas una sobre otra, como si ella misma se cerrara en ese medio círculo.
Sólo en el fugaz instante que las abre para descansar en la otra dirección se
vislumbra la espera. Su pelo está sujeto en la nuca: ni un solo mechón
desparejo enturbia esa distinción que a sus ojos parece pesarle; en instantes
tan breves como el cruce de las piernas. Su piel es tersa, con un suave vello
que semeja el de un durazno maduro. Sus movimientos lentos, sostenidos. Hay
algo muy sutil que podría quebrarse, como si esa armonía que la adorna en un
punto estallase en partículas pequeñas.
Habla con
fluidez. De algún modo es la que coordina una conversación, no porque pretenda
dirigir sino porque los demás se acercan a ella. Su inteligencia es clara.
Creció cultivándola.
Su marido
-fuerte financiero- acrisola sus virtudes tanto físicas como espirituales. No
escatima en regalos: un cuadro hermoso
necesita un buen marco, ni en material que culturalmente la eleve. Cumple
con el rol que sus propios padres habían desempeñado. Ella retribuye de igual
modo esas atenciones a sus hijos, sin sentirlas como obligaciones. Cuando
alguna duda la perturba consulta al psicoanalista: a veces disiente pero una
mujer como Ofelia no se guía por caprichos y menos aún por instinto.
Dos veces por
semana cena con su marido en elegante restaurante. A veces los acompañan los
matrimonios Murena o Valdivieso, también ellos fuertes empresarios. Sus mujeres
son cuidadas, bellas. En esa competición de valores invariablemente Ofelia sale
ganando. No tiene muy en claro por qué concurre a institutos de belleza. Allí
suele escuchar: no hay que dejarse ganar
por las más jóvenes. Tengo que estar okey para la cena; aunque después nos
ganen las secretarias.
Nunca ha
sentido celos, tal vez por carecer de motivos. Se aburre un poco en esos
salones, a los que va como quien se aplica una vacuna o tiene horas para
llenar. Fue una de esas tardes que conoció a Estela, la amante del dueño de
aquella revista cultural. Estaban en gabinetes contiguos. Mientras aquella el
succionador a modo de ventosa le aprisionaba los senos, reveló secretos de
aquel hombre; la trataba como una reina, le daba todo lo ambicionado. No había
perdido su libertad, sólo estaba aquí una semana al mes. La mujer de aquél vivía
en Inglaterra, los hijos también. Se habían llevado las niñeras y la
institutriz. Él venía a atender lo más urgente y verla a ella.
Ofelia comentó
esto con su marido, él dijo: me causan
mucha gracia estos señores que viven como reyes y están aquí de incognito
prácticamente.
Ella sonreía para tranquilidad de todos. Era un regalo
verla sonreír. En las poquísimas veces que reía de verdad, sus dientes de
abrían y cerraban como mordiendo una dulce manzana.
Tenía casi
todo para ser una mujer plena; hijos, dinero, un marido galante, obsequioso.
Cumplía con sus obligaciones maritales dos veces a la semana; igual que las
cenas afuera. Alguna que otra vez su pasión desbordaba: durante las vacaciones
o los fines de semana en la quinta que poseían en Maschwitz. Ella esperaba, o
mejor dicho no necesitó más, hasta le parecía demasiado.
Fue una tarde
en una confitería del centro cuando volvió a encontrar a Estela: la acompañaba
un hombre muy alto de ojos profundos. Al verla la llamó con entusiasmo. Fue
presentaba, él era el director literario de aquella revista, el hombre de
confianza de su amante. La recorrió con serenidad como estudiando una paño al que
se le quiere descubrir algún doblez. Ella bajó la vista: hubo algo en esa
mirada que la hizo retroceder.
Sin precisar por
qué frecuentó ese lugar. A veces con amigas, otras sola, hasta que sus ojos
chocaron con los que le habían hecho bajar los suyos. En contados minutos
dialogó con él como si lo hubiese hecho toda la vida. Reían. No dejaba de
recorrerla, demoró la vista en los hombros y en el nacimiento de los pechos.
Fue natural
lo que aconteció después, él la empujó con suavidad al entrar. Ella no tuvo remordimientos
cuando él encendió la luz, sino alegría frente al misterio, dulcedumbre frente
al milagro. Lo vivió así, sin tabúes ni manchas, como si la cama que le
ofrecía, con toda la luz de lleno fuese un campo de trigales con mucho sol. Una conjunción exacta, tan precisa como las
manecillas de un reloj. Alma y sangre. Macho y hembra. Y la mujer gritó: por
primera vez gritó; con un grito salvaje, perentorio. El fue partícipe de ese nacimiento; con alegría y
temor, con responsabilidad y la lucidez que acompaña la ternura.
Al regresar a
la casa ella sintió su estructura blanda, bien alineada, como si con un simple
apretar de botón se acomodase en el molde definitivo y añorado. Le pareció
absurda la rigidez de Berta: hoy los niños podían acostarse sin tomar su baño,
hoy los niños podían comer chocolatines sin la sombra de la alergia, hoy podía
mirar de frente a su marido. Por fin un acto intrépido, ansiado, y no le había
escondido la cara, no le había puesto el disfraz de su sonrisa, sino el grito
animal de su sangre. Por primera vez fue tratada como una mujer y no un
bibelot.
Su conducta fue
distinta a partir de ese día. Hasta las películas de Saura tuvieron otro
simbolismo. Se hizo cómplice de una vieja colaboradora, esa que a pesar de los
años en que concurría a planchar las camisas de su marido nunca la había considerado.
En la casa se estableció la dicotomía de los bandos del colegio secundario:
Berta, la cocinera y el marido. Ofelia, la planchadora y el periodista. La
mujer le pasaba mensajes telefónicos y Ofelia –como una adolescente- confiaba
intimidades. Las dos se reían del marido, de su puntualidad, de sus quisquilleos
y si dejaba alguna prenda fuera de su lugar, la vieja planchadora –ex amante de
un juez- apuntaba insolencias como ésta: dónde
ensucia deja el traste. Ofelia, la recatada Ofelia se desternillaba de risa.
Hasta bebieron juntas un día y Berta -enojada- las ocultó de los niños.
Ofelia cumplía con
sus obligaciones de esposa. Abrir las piernas no cuesta mucho y su marido era
rápido. Descuidó un poco sus otras obligaciones: la peluquería, la modista. Él
era un hombre imprevisible para el que los horarios no regían. Podían verse a
las nueve de la mañana como a las cinco de la tarde. A veces disponía unas
horas a partir de las once de la noche. Ella a tanto no se atrevía. Qué hombre
tan tierno, de vida tan complicada. Estaba dispuesta para él de lunes a viernes
en horarios diurnos. Las noches y los fines de semana pertenecían a su marido.
Pero cada vez se hacían más difíciles los sábados y domingos. Cada era más tortuoso
sostener su propio equilibrio. Los niños y Berta observaban con reservas, el
marido le recriminó por su pelo en desorden. En cambio a él le gustaban sus
cabellos libres y la nota discordante del color de la cartera y los zapatos. Interrogaba
por sus fallidos estudios; la estimuló para llevar a la práctica su capacidad. Le
encomendó pequeños trabajos que realizó a la perfección desde su casa. El día del
pago por dicha labor rió con la vieja colaboradora –la que no por vieja sabía: usted tiene que volar, volar como una paloma.
Llegó el día
en que el hombre le pidió afrontar los hechos: no quería la promiscuidad para
ella. Pero después de los requisitos legales los esperaba una vida difícil, él
no poseía bienes. Ella recordó a su colaboradora y estuvo dispuesta; como
prueba le pidió unos días para acercarla a su mundo.
Viajaron cerca, vieron a mucha gente, él tuvo
entrevistas de las cuales la hizo partícipe. Hablaron de proyectos que intimidaban,
de cambios; después bebieron. Iban a realizar juntos el difícil camino; el
lecho no iba a ser con sábanas almidonadas, ni de hilo.
De
regreso de aquel amor la mano de Ofelia transpiraba con la suya, hasta que unos
hombres con cascos de acero aparecieron a través del vidrio azulado de aquel
ómnibus. Los bajaron de prepo frente a la bendición de un campo recién
llovido. Los bolsos, las prendas cayeron
en la banquina oscura. Ella rememoró alguna vieja película. Esas que la
asustaron en la niñez y añoró la seguridad de su casa, de su coche. Interrogaron
al hombre separado del conjunto.
Él leyó
en sus ojos la duda, el miedo. El corazón de Ofelia se achicó como una tela que
necesita ser humedecida: y sí estuviese
metido en algo que desconocía. Su alma se clavó en el sitio que sus pies
querían seguirle.
A pesar del incidente volvió a ofrecerle su
destino pero ella se escudó en los hijos.
Ya en su hogar quiso recomponer las escenas
y vio achicarse horizontes. Su marido
esa noche le entregó muchos billetes. Todos los que acabaría en un mes. Antes
lo había hecho su padre. Si necesitaba más contaba con la cuenta bancaria y la
tarjeta del Diner’s. Ofelia no quiso
emprender el vuelo; en vez de abrir las alas volvió a abrir las piernas. Se
esforzó en pensar en su amado. La torpeza de él y su propia obsecuencia
hicieron reventar en partículas iguales su triste estructura.
La vieja colaboradora la encontró a la
mañana junto al frasco íntegro de las
pastillas para dormir, con el corazón abierto en varios pétalos; todavía vibraba
por los intersticios del fuego de la desesperación. Estalló en granadas de ansiedad. El cuchillo
aún permanecía adherido.
A la mujer –junto a una lágrima- le brotó el pensamiento: ésta pajarita de celofán no merecía volar.
EL CHAL DEL BAILE PRESTADO
Esa noche Matilde se acostó temprano.
Inusualmente temprano. Terminó de ordenar la cocina y se entregó a Morfeo.
Estaba demasiado cansada para leer; el sueño
la atrapó enseguida. No fue tranquilo; pasó de uno a otro, como trasmutar
retazos del anterior porque cada vez eran más desagradables. En un momento mordieron
su brazo, no la soltaban. Fue un dolor agudo como si fuera cierto.
Tironeó el brazo sentada en la cama. Mientras
movía la cabeza se acostó boca bajo. Oyó voces y risas. Después durmió. Su
sueño fue aún más intranquilo agitado por voces y música chillona; quiso
sacudir la cabeza para despertar. No pudo, alguien la abrazaba fuerte y le
ordenó: vamos a bailar. En la fiesta,
el hombre con ojos muy especiales emitía órdenes que ella cumplía sin
rebelarse: vamos a bailar. No te movás de
aquí hasta que regrese. Tomá este whisky, te sentará. Arregláte el pelo. Te
elegí porque sos la más bella. Bebé por favor.
Los ojos del hombre eran claros de un color
indefinido. Su voz sonaba metálica. Alto y delgado. Los movimientos de sus
dedos eran precisos. Nada parecía perturbarlo, ni siquiera el ruido
ensordecedor de la música que provenía del estéreo, como si todo en él
obedeciera a un plan prefijado, automático y magnético al mismo tiempo. Parecía saber que sus órdenes serían
cumplidas. Eran la concordancia de proyectos estructurados a la perfección en
cada impulso calculado hacia un fin inexplicable para ella.
El whisky en su garganta la lastimó como
siempre. Había comido demasiado por más
esfuerzos no podría salir del sueño hasta que ese hombre lo dispusiera; se
acercó con un cigarrillo. La situación era compleja. A pesar del cosquilleo
maléfico había algo de ironía de parodia en ese personaje. Y sonrió, sonrió
casi con dulzura. La música era menos chillona. Oyó antes de despertar: éste es un baile prestado, pero no podés
dejar de concurrir. Te espero.
Matilde sentada en la cama encendió la luz. Estaba
todo revuelto. Las voces, las risas y la música eran insoportables. Medio
dormida fue al baño. Los acordes detonaban música tropical; las risas eran estridentes.
Cerró la puerta con rapidez. Pasó su mano con agua por la frente. Sentía calor,
sin susto acalorada como si la hubiesen hecho correr varias cuadras y faltaba
bastante. Fue en ese preciso momento cuando recordó las palabras del hombre: es un baile prestado pero no podés dejar de
concurrir. Te espero.
Hacía tiempo que no iba a una fiesta. Tenía
nuevos vecinos, no los conocía pero días atrás escuchó palabras sueltas de
hombres jóvenes. Estaban reunidos. Fue hasta el guardarropa, extrajo un
pantalón negro, una blusa-solera color celeste y un chal plateado –sin
estrenar. No tenía ocasiones de lucirlo.
Se maquilló con sumo cuidado y después de
besar a su hija salió al pasillo. Ahora la música la llamaba. Se abrió la
puerta y una pareja besándose no la tomó en cuenta. Salieron. Entró en ese hall cada vez más fascinada
por la música, los olores y la escasa luz que provenía de una mesita. La
abrazaron con fuerza: vamos a bailar.
En los ojos del hombre vio una laguna en la
que temblaba el agua sin prisa. Observó el fondo, calles que se diluían en un
abismo y columnas blancas que se deslizaban hasta perderse. Divisó una planicie
aterradora. Quiso separarse pero él susurró: hoy vengo a llevarme la más
hermosa. Ella ahogó un grito, cuando miró sus ojos las cuencas estaban vacías.
El chal se deslizó por la mesita.
EL NACIMIENTO
Estoy metida en un pozo cubierto de fangal,
cerrado, hermético. Se torna difícil respirar. Siento como si una tapa cubriera
todos los intersticios: no puede colarse la luz, sólo una mortecina tintinea
por momentos. Algo se consume, en su lugar queda la incertidumbre de lo
transitorio, como las velas de un cirio. Un sueño atrapador me sostiene, sin
embargo presiento todas las figuras a mí alrededor. Algunas grises, opacas, intransferibles, otras
dolidas, acongojadas, sin razones valederas y mi hijo Pablo recio en su
intemperie, firme en sus pocos años. Visualiza la escena apuntando en su
anotador de sumas y restas los detalles de esta circunstancia de la cual nadie
sale indemne. Las cicatrices dejan huellas que son difíciles de disimular, lo
importante es no caer en la cuenta regresiva: si ocurre este cofre me encerrará definitivamente y yo debo por Pablo y
por mi enterrar esta noche, salir, para que los amaneceres germinen en flores.
Por Pablo y por mí. Por Pablo y por mí.
Es
terrible salir de un pozo cuando uno se siente a la altura del zócalo: si sigo así no voy a poder darle nada
positivo a Pablo.
Quien puede dar algo positivo si no está
contento consigo mismo. Tengo que salir y desenterrarme, pero cómo podré hacerlo
si hasta me olvidé de caminar. En este cajón estoy estaqueada. Recuerdo tiempos
pasados en los que caminaba firmemente tomada de la mano de Pablo y ahora ellas
están inertes. Alguien las ha cruzado; no tengo fuerzas para moverlas. Si
pudiera encarar mi porvenir. Palabra absurda dadas mis condiciones. Esa palabra
recuerda mi vitalidad anterior, mis deseos de salir victoriosa.
La casa, el trabajo, el marido, las
travesuras de Pablo, su sonrisa imprevisible, el dinero, el maquillaje, la
competencia, el dinero, el dinero, el tiempo que no alcanzaba. Nunca sentí incapacidad
frente a tantas obligaciones. Año tras año sin abrumarme, pero las paralelas no
se unen. Para eso son paralelas. Cuántos equívocos –ahora lo comprendo. Ya nada
puedo hacer. Ya nada podemos hacer. Todo se desencadenó despacio, sin remedio.
El respeto a veces arrastra cadenas, se torna solemne, inanimado, hasta que las
partes comienzan a alejarse, confundirse y sin llegar a intimarse se limitan,
angostan y chocan, casi sin quererlo, sin solución para el desgaste. La
frialdad acumula impotencias. Desorienta caminos.
Si pudiera comenzar de nuevo, aún sin las
mismas prerrogativas, las ordenes, las idealizaciones. Aunque no sé cómo puedo
hablar de comenzar cuando todo acabó, cuando todo tiempo se ha consustanciado
en el minuto fatal de dejar mis manos de armar cosas. Veo ahora a mi hijo casi
impotente contemplándome, y a mí, como si pudiera estar en dos sitios a la vez
mirarlo desde adentro y desde fuera sin atreverme a decirle: yo sé hijo, yo sé que ya no se puede más,
pero estoy de algún modo amparándote y vos a mí.
Sus manos rozan las mías y no percibo su
espanto, como si todo fuera un sueño y cuando las mías se abran para sostenerlo
volveremos a sonreír, con más fuerzas para cubrir todas las necesidades, ahora
que se han duplicado las suyas, por las circunstancias, la vida o qué sé yo qué
culpas.
El perfume de las flores parece desagradarle
porque retrocede. Alguien quiere alcanzarlo; se aparta, con gesto altivo
inmoviliza a los que se acercan. Pareciera estar seguro de todo. Es tan niño
aún.
Recuerdo que hace días ese gesto me
inmovilizó durante un sueño, luego reaccioné. Grité pero mi voz no logró
despertarme del todo. Pasé de una pesadilla a otra sin estancarme en una
tregua. Caminé por un andén, reconocí a varios antepasados, quise reposar cerca
de ellos. Todos muertos. Molestos me retaron como cuando niña. Enojados,
verdaderamente enojados. Con todo volví a acostarme. Me cubrieron unas sábanas
de hojas amarillentas. Traté de no hacer ruido. Las hojas dejaban espacios
libres por los que mis poros exhalaban. Alguien me tapó en forma hermética y
grité, grité. Creo haber escuchado mis alaridos: luego pasé a un escenario albo
donde mi sola presencia parecía enturbiarlo. Un niño imponente cortó el paso.
Era mi niño. Quise correr pero sus manos y más que ellas sus ojos lo impidieron:
dejáme, soltáme, quiero irme.
¿Adónde, mamá? ¿Y yo? Sus ojos adquirieron una inteligente dulzura. Desperté
transpirada, estaba sola en la habitación, encendí la luz. Compartí tantos años
la cama. Adónde quería ir si Pablo me necesitaba.
Fue un sueño, un mal sueño y ahora qué es lo
que pasa, qué cuento es éste de estar metida en un cajón que tiene mi estatura
y al mismo tiempo sentirme rodar por una alcantarilla sin fin, sin poder elegir
el camino. Y si acaso ya hubiera elegido. El más difícil, el de la soledad,
pero el exacto para no compartirla, o si el me hubiera elegido a mí. Lo cierto
es que vamos tomadas de la mano, contando estrellas cada vez más lejanas. Por
momentos en algún recodo aparecen las más grandes. Es para darnos aliento.
Están allí. Por un instante las tengo al alcance. No. Fue un espejismo al
penetrar en otro laberinto, una ilusión óptica cegada por una luz falsa que no
me permite ya distinguir a Pablo, hasta que por fin parpadean mis ojos y lo veo
tendiéndome la mano. Me incorporo del cajón y me apoyo en sus dedos: Vamos ya.
Vos no estás sola. Hoy te comenzó otra vida mamá. Con el calor de su mano
respiro. Yo le he nacido a él.
EL SACO
A Carmen
El azul es el quinto color del
espectro solar y el cinco era un número al que Carmen desconfiaba. Nunca sabía
si con el le iría bien o mal. Podía ser ambas cosas. El saco de Juan era de un
color azul ultramar y esa noche, cuando lo vio aparecer en la cocina sintió un
frío que le corrió por toda la espalda. Sebastián y Juan no habían decidido aún
a dónde ir y sospechaba que Juan se inclinaría por la partida de póker. Ese
sábado barajaron varias posibilidades, entre ellas concurrir a lo de Mary
Helguera, pero Juan se resistía porque: esas
minas tienen pajaritos en la cabeza; y a pesar del whisky importado a la
media hora no las aguantaba más. Su hermano no opinaba lo mismo: hay de todo, Emilio es un tipo con el que se
puede hablar de cualquier tema, el profesor Sarlinga lo mismo y además si llega
a estar Mirta –qué mujer- uno se pasaría horas descubriéndola en cada gesto en
cada palabra. Carmen escuchó a su hijo Sebastián mientras Juan lo miraba con
evidente disgusto. Éste había pasado horas y horas observando jugar a sus
primos y por fin lo habían invitado; tuvo un debut sensacional ganó y bastante:
debía darles la revancha, qué Sebastián se fuera solo.
Mientras se cambiaban sus hijos Carmen observó
por primera vez los fantasmas que –como penitentes- formaba la pared lateral de
un edificio vecino. El descascarado revoque dejaba manchones rosados, grises y
azulados. La figura-fantasma azul se inclinaba hacia bajo y fue allí cuando
ella volvió a sentir aquel frío que le corrió por la espalda. Supo que Juan se
ponía el saco azul por cábala y que perdería. El siempre se salía con la suya,
pero hoy debía impedirlo: Sebastián
convencélo, ese dinero lo necesitan para el anticipo del coche, además puede enviciarse,
como esos vagos de tus primos que no saben hacer otra cosa.
No va a ser fácil convencerlo -pensó
Sebastián- mientras cerraba la puerta del departamento. Los ascensores estaban
enloquecidos, bajaba y subía gente sin detenerse en el quinto piso. Juan se
recostó en la baranda de la escalera. Sebastián aprovechó para: vamos a lo de Mary, a lo mejor está Mirta y
Mary –si mal no recuerdo- te mira bastante ¿no? ¿Y con mirar qué? No tengas
miedo por la guita, no me la van a sacar fácilmente, te lo juro por ésta. Se
dio vuelta y escupió hacia bajo, como cuando eran chicos. Si se habrían
recibido retos de doña Carmen por esa costumbre. Nunca llegaron a sentir el
sonido de la saliva en la baldosa desde ese quinto piso antiguo, pero el
portero sí, desde cualquier recoveco de la casa salía intempestivamente para
sorprenderlos: si por lo menos se la
hubiésemos dado en la pelada al gaita, nos hubiese compensado de las palizas de
mamá. Los dos rieron con esa complicidad sana que –a veces- une a los
hermanos. Sebastián arremetió con sus deseos y Juan con una flojera inusitada
accedió.
Mary tenía una escasa solera. Era una muñeca
dispuesta a prodigarse; le alcanzó una copa a Juan. En verdad es una linda
muchacha –pensó- pero hay algo en ella que me suena a metálico, aunque debo
reconocer que es cordial y se esmera para que todo salga bien. Sebastián ya
estaba perdido en el pendular de Mirta, enfrascado en un monólogo de la que era
espectador porque esta mujer ejercía un imán
en el cual él era proclive a caer.
Juan apuró un trago prestando atención a la
charla pegajosa de Mary mientras el enorme reloj de pie daba la última
campanada de las doce y Mary Helguera no se iba a evaporar como la Cenicienta. Agradecía
que en lo de su primo había piernas suficientes: si no no me invitan más: qué
noche perdida, cómo piensa Sebastián que esta estúpida puede gustarme.
Carmen no podía concentrarse en la novela y
tampoco podía dormir. Había apagado y prendido el velador varias veces: qué
harían sus hijos.
Mientras Juan apuraba otro trago se acercó a
Sebastián, le tocó el brazo en un gesto de cariño y guiñó un ojo: ojalá la
consiga a Mirta, que la apure un poco. Mirta no es mujer de esperar y Sebastián
es lento.
Sebastián había logrado hablar sobre el
expresionismo e impresionismo. Ella, encantada. Luego iba a sentir su calor en
el baile despacioso, pero Sebastián no gozaba este momento como había
imaginado, algo lo apartaba, tal vez el ver a su hermano beber whisky tras
whisky, el sentir que ya no compartían tantas cosas o el temor a alcanzar algo
con lo que soñó tantas veces. Lo distante no abre responsabilidades. Trató de
analizar su situación mientras reclamaba cigarrillos a su hermano. Éste le
indicó el saco. Estaba extendido en un sillón. Fue en ese preciso momento que
Carmen se despertó sobresaltada y encendió de nuevo la luz, se puso las
chinelas y llegó hasta el cuarto de sus hijos: aún no habían regresado.
Mary le alcanzó otro vaso a Juan y le
susurró algo al oído. Sebastián decidió no perder a Mirta como había hecho
perder la partida a Juan. Bailaron hasta que la casa se fue deshabitando y sus
manos recobraron –por instantes- la tranquilidad que le quitaba la piel de
Mirta.
Sebastián tuvo que subir a Juan al taxi.
Éste discutió con un hombre que no quiso llevarlos. Juan le reprochó por un
avioncito que le había costado mucho armar y él lo había roto. Le reprochó por Mary Helguera. Le volvió a
reprochar por el avioncito sin volar mientras bajaban del taxi. El hermano
introdujo la llave en la puerta de calle. Juan decía incoherencias entre las
que se mezclaban las piernas que faltaban, los aviones y los whiskies de Mary.
Ya en el ascensor le dijo que le había hecho perder la noche y que él quería
volar. El hermano sentía aún el temblor de Mirta y lo único que deseaba era
acostarlo para quedar a solas con el recuerdo de la mujer. Eran las cinco de la
mañana. Carmen volvió a despertarse, el despertador tenía clavada la aguja; se
aterró. Mientras Sebastián abrió la puerta Juan se apoyó en la baranda, abría
los brazos: quiero volar, quiero volar,
quiero volar. Sebastián atinó a agarrarlo por la espalda, mientras Juan se
inclinó y cedía como un elástico. Tampoco esta vez oyó el sonido del cuerpo al
chocar con las baldosas. Sus ojos estaban desorbitados contemplando el saco que
había quedado en su mano.
EL FESTÍN
Cómo
es posible que un ser se acostumbre tanto a los pequeños ruidos, a los casi
imperceptibles chirridos, al punto de no poder dormir si le faltan. El silencio
absoluto no existe. Podríamos volvernos locos si así ocurriera. En las cumbres
heladas, donde el poder del silencio domina a los hombres llega a
trastornarlos, pero de ahí a necesitar del llamado de un pájaro para poder
dormir es excesivo. Acaso Herminia veía en eso su compañía; no era edificante
aunque se aferraba como si los móviles que la llevaron a su soledad fuesen
captados por esos animalitos y condescendientes, le tirasen las migajas de su
lúgubre capacidad de sustento.
Durante el día daba vueltas y vueltas en la
casa. Arreglaba siempre las mismas cosas. La torturan las mismas ideas. Camina
en dirección a los mismos objetos, esos que la apresan con la autoridad de la
rutina.
Armando hacía tiempo que la había
abandonado. Sus rentas le permitían vivir con lujo y no tenía ánimo para
emprender nuevas obras. A qué trabajar si no necesitaba: puedo darme los gustos que da el dinero como la buena mesa, los muebles
y la ropa de calidad. Desistí de los viajes, estoy convencida que sólo
recuerdan mi condición de mujer sola. El regreso al camarote o al hotel entristece.
En uno de esos viajes conoció a una mujer que no comprendió del todo. Era para
ella una pobre gemela que no aceptaba sus límites. No pensó que su mundo no se
reducía al de un hombre, ni al de los objetos. Aquélla dijo: creáte tu propio
universo. Verás cómo toda esa melancolía se te antoja ingenua, por no decir
ridícula. El trabajo es la mejor manera para comprender que sólo disponemos de
una mínima parte de nuestra capacidad, de nuestro don de dar. Salí de ese
círculo.
Trabajar y en qué y para qué tengo todo lo
que necesito. Ni siquiera me ocupo de las rentas, el administrador lo hace por
mí. Su manía era dar vueltas y vueltas en la casa, al menos no era proclive
a enfermarse como la hermana de su madre. Ella vivió sus veinte últimos años en
la cama. Desde allí comandaba a toda la familia. No tenía nada, sólo el deseo
de no moverse.
Acomoda las flores, dispone la comida, ordena
las vacaciones del personal ¿Qué más
puedo hacer? No voy -a esta altura- a vender casas y terrenos como la loca de
mi sobrina. Ha hecho todo lo que una mujer de su condición debe hacer.
Varios viajes a Europa, sesiones de canasta, cócteles a granel, desfiles de
modelos, varios hombres extramatrimoniales. Ahora se había apartado. No tenía
hijos por quienes preocuparse. Él marido se marchó, era lógico su cansancio,
ella decía: no se deben mezclar las
sangres. Todo el tiempo que duró la relación trataron de cambiarse. Herminia al principio tuvo una ansiedad que
la hizo cometer desatinos como cualquier mujer vulgar y luego pasó a la dejadez.
Realizaba actos rutinarios que de ser impuestos debían resultar exasperantes,
pero contribuían a aumentar su caudal de resistencia ya que de no mediar esas
reservas su vida sería aún más oscura.
La primera vez que oyó esos chirridos fue
una noche de tormenta: son grillos
extraños y logró dormirse sin recurrir a las pastillas.
A la mañana siguiente el recuerdo de esos
bichitos les hicieron grato el desayuno.
En esta ala de la casa esas entidades se
imponían. Ellos alegraron su almohada al punto de rememorar el tiempo que con
Armando compartieron en la isla del Delta. Basta un solo olor, presencia u
objeto para retrotraernos al pasado. Este canto había sido uno de ellos.
Sus relaciones estaban muy mal. Ella nunca
aceptó darle el divorcio, a cambio de quedarse con los bienes -declarados- en
el caso de su muerte. A él esto no pareció interesarle demasiado, quería su
libertad: ha hecho bastante dinero
–gracias a mis relaciones- y desea obtenerlo para poder casarse con esa mujer
con la que convive desde hace años; está empecinado en ello.
La última vez que se entrevistaron la trató
mal. Hubo una época de indiferencia con la que la martirizó. Se preguntaba si
lo quería, si lo había querido alguna vez. No encontraba respuestas. Sólo un
orgullo suicida le hacía negar sus pedidos, pero él no cejaba en sus
propósitos: es tan empecinado como todo
hombre de la calle. Un hombre de mi estirpe, después de evaluar todas las
diferencias habría desistido. Armando parece un bagual sin domar. Esto fue
lo que más le atrajo.
Le recordaba con su impaciencia la juventud
de la otra a la que quería homenajear, ya no con bienes a su nombre –esto lo
había hecho tiempo atrás- si no con la libreta ahora que esperaban un hijo.
Herminia sentía desdén por ella. No la conocía pero su intuición le marcaba que
Armando era enteramente suyo. Daba vueltas y vueltas no podía apartarlo; él rejuvenecido
por la noticia y ella una tilinguita ¡seguro!
A quién confiar esto. Su familia reiría de
sus cavilaciones: nunca lo han aceptado, si bien gracias a sus
aptitudes en varias oportunidades los sacó de aprietos, especialmente aquella
vez que el leguleyo –al que después le revocaron el poder- argumentó que de
acuerdo a las leyes por dictarse los casi glebas iban a invadir jurisdicciones
que tiempo atrás ni siquiera soñaban y debían vender campos. Todo había sido
tramado por el profesional para quedarse con un buen porcentaje, fue
Armando quien desbarató sus planes. En aquel entonces sus relaciones todavía
eran cordiales, si bien tenía flirteos y escapadas con mujeres que ella misma
le presentaba. Nunca se preocupó: es algo
aceptado dentro de mi círculo, pero esta tilinga que lo ha hecho cambiar tanto,
al punto de babearse logra sacarme de quicio.
Estaba absorta cuando sintió en su ventana
ese pequeño chirrido que le hizo entender que ellos estaban cerca, al alcance
de su mano. Venían a acompañar su soledad. Josefa hacía rato que se había
marchado a sus habitaciones. Caminó sigilosamente hacia el lugar; no quiso
espantarlos como las otras noches. Se dirigió a ellos chocando con los muebles.
Cómo una ciega tanteó el mobiliario; alcanzó la cortina. Muy despacio la
levantó. En ese momento salieron del rollo dos pájaros asustados. Corrieron en dirección
al patio: si han hecho su nido aquí tal
vez vuelvan, pero si están de visita, no. Cómo hacerles entender que no me
disgusta su presencia. Pensó colocarles comida para traerlos, aunque a esta
hora bajar al sótano parecía imprudente. A pesar de la distancia Josefa siempre
estaba atenta; podía regresar a ver qué sucedía. Con desaliento bajó el
cortinaje. Abrió un libro a la espera de cualquier movimiento. Imaginó un nido
dentro de la cortina: tendrán que
regresar en sueños sentía muchos chirriditos y se inclinaba a pensar que
eran varios los pájaros que la acompañaban.
En dos o tres días la programación de su viaje
a Tres Arroyos la contrarió. Necesitaban unas firmas y además su hermana, muy
enferma, la requería: durante mi ausencia
Josefa o Víctor descubrirán los pájaros y los van a espantar argumentan que son
nocivos. Lo presentía, desde tiempo atrás limpiaba la baranda, la suciedad era
de un color oscuro similar al de ellos, de un olor ácido y seco que recordaba
la fragancia pútrida de algunas ciudades tropicales: es desagradable al principio pero luego va invadiéndonos al punto de no
sentirla. Temía que Josefa sospechase;
se quejaba y colocó en todo su apartamento desodorante: por suerte se evapora tan rápido que no les hace daño.
Hacia mitad de la tarde sonó el teléfono;
rompió la quietud de la casa, como un tronar que desde las montañas amenaza con
súbitos desbordes. No recibía casi nunca llamados; con su familia o
administrador se comunicaban por cartas. Tenía el oído pendiente de las cortinas
de enrollar, había descubierto chirridos también en el baño y el escritorio.
Ese llamado de Armando fue lo
suficientemente inoportuno como para dejarla de mal humor el resto del día. Le
anunció con voz destemplada que la iba a visitar al día siguiente para ultimar
detalles sobre la separación. Después de tantos años era para no creer, volvía
a ser un bagual, decía que esta situación era intolerable y no estaba dispuesto
a soportarla por más tiempo. Quería saber cuál era el precio o desheredad de su
aceptación. Dijo que ninguno de los dos saldría bien de esto.
No logró inquietarla, sus pensamientos
estaban dirigidos a burlar a Josefa o a Víctor. Eran los únicos que se quedaban
merodeando hasta la hora de la cena. Ella debía bajar al sótano y conseguir
alimento para sus pájaros. Esos que la acompañaban toda la noche, ya que de día
dormían: de esta manera ganaré confianza para
establecer un diálogo nocturno con el cual gratificaré mis noches.
Dos veces intentó engañar a sus criados esos
que ante la mínima seña estaban prestos para cumplir sus órdenes. Todo fue
inútil: no se despegaban ni un momento.
Tuvo que esperar la noche. Mientras tanto cambió el mantón del piano.
Estaba colocado el de Manila y ella se inclinaba por el negro de largos flecos que
había pertenecido a su abuela: sólo por
las noches mi soledad es enteramente mía para entregarla a esos pájaros que
ahora me acompañan.
Sus oídos
estaban alertos al más mínimo revoloteo. Alrededor de las tres o cuatro de la
mañana –ya vencida- se los veía libres y al acecho de sus víctimas.
Mientras sacó el mantón pensaba en su viaje:
no es cierto que no salgo porque
recuerdan mi condición de mujer sola. Qué será de los cuadros, la ropa, los
muebles y esos mil objetos que pertenecieron a mi familia, que componen mi
haber. Qué será de ellos si yo –la que dispongo de más tiempo- no los cuido. Josefa y Víctor custodiaban al resto de los
sirvientes, pero quién los vigilaba a ellos. El ladrón se hace en un segundo.
No importan los años de prueba. Basta un momento para distorsionar la mente. Si
su hermana moría ella no podría evitarlo. Quién
cuidará todo esto mientras dure mi ausencia. Ningún seguro podrá cubrirlo.
Quién atenderá mi patrimonio. Ese del que Armando jamás gozará. Pobre estúpido, creyó disponer de mi sucesión.
Ni siquiera se librará de mí. Todo es de mi propiedad, absolutamente todo. El
cerco está tendido y jamás saldrá. Todos quieren sacarme algo; mis sobrinos,
los sirvientes, Armando, mis propias hermanas. Todo es absolutamente mío. No me
lo arrebatarán aunque esgriman enfermedades. Sólo los pájaros compartirán mis
bienes. Sólo ellos nada solicitan.
Toman lo que les hace falta, sin pedir más, sin ambicionar más. Eran seres
que como ella debían cerrarse en su propio círculo, por eso no se hacían ver.
Qué bien los comprendía. Recordaba los cuentos míticos contados por la tía
abuela y reía estruendosamente: en esa
época tenía pánico ¡pobrecitos! Son indefensos, no piden para alimentarse
fortunas. Esas que reclaman los pueblos ingenuos.
Por la noche marchó al sótano para
proveerles insectos. Abundaban a pesar de los cuidados y el empeño con que
pretendían combatirlos. Subió triunfante la escalera. Trajo en una hoja doblada
de diario suficiente comida para que los bichitos agradecidos se hicieran sus
amigos. Tal vez alguna noche -no muy lejana- aceptasen la invitación para
entrar a sus cuartos: les abriré los
cajones para que husmeen la ropa. El piano para que se posen en las teclas. El
cofre para que jueguen con mis joyas. Los individualizaré a cada uno por su
nombre. Ojalá sean muchos, así las noches se me acortan.
No
quiso resultarles cargosa. Colocó el alimento en el balcón, bajó la cortina: esta noche la dejo a medio cerrar. Otra
noche abierta. Otra noche me acercaré para verlos comer. Y otra noche…,dándoles
vueltas y vueltas terminaré por convencerlos para que entren. El festín será
mutuo. Gozó con anticipo.
-¡Herminia! No quiero que dilates más este
asunto. Nos hemos separado en buenos términos, si bien acepté con reticencia no
hacer legalmente las cosas. Ahora necesito esos trámites. Te lo pido por el
bien de ambos. Vos también podrás disponer de tu patrimonio como te plazca. Yo
contraje obligaciones morales que debo cumplir. No entiendo tu negación. No la
comprendo. No me querés, si es que alguna vez me quisiste.
Lo había dicho con amargura: pobre estúpido; se dejó caer vencido cuando
le informé que lo había desheredado. Tengo pruebas que avalan fehacientemente
esa disposición. No le daré el divorcio. Que él lo pida si quiere. Ella sabía lo
que tenía que hacer: intentálo; quién te
dice uno de esos abogaditos que no tienen nada que hacer, trata de sacarte unos
pesos y un poco de tiempo, yo soy muy católica ¿sabés?
El comenzó a transpirar. No se lo veía rejuvenecido
como en los últimos tiempos. Había pasado de lo imperativo a la súplica, luego
al desconcierto. Cuando se levantó sus puños estaban en alto; era una escena
patética. Herminia como corresponde a una mujer de su clase se dirigió al
balcón después de tocar el timbre para que Víctor lo acompañara. Alcanzó a divisar en sus ojos un odio que la
hizo sonreír.
La hoja de diario estaba abierta y quedaban
algunos insectos secos como cuerito puesto al sol. Seguro que a sus pájaros les
alcanzaba.
Esa noche cenó con lentitud; disfrutaba de
antemano la compañía frente a las noches que le habían precedido. Paladeó la
visita como el vino que pasaba por su boca. Cuál sería el más preciado de sus
pájaros. Sonrió esta vez enigmáticamente.
Colocó la peluca en el molde, se puso el blanco
camisón, una crema nutritiva para el rostro, la gargantilla de esmeraldas. Abrió
con un cuchillo un sobre de polietileno que había guardado en la cómoda y
contempló alborozada la comida. La persiana estaba por la mitad, fue al balcón;
desparramó todo en el mosaico como quien cubre de flores una mesa y marchó
hacia su cama donde las sábanas la recibieron con la música cortante de su
almidón. Durmió con el masticar solemne de sus acompañantes. Cada vez más cerca
de ella. Cada vez invadiéndose más.
Hubo pasos sigilosos. Pasos que recorrieron
los lugares de la casa. Tal vez para comprobar que todo estaba en orden, que
todo marchaba a buen ritmo.
Un aire intenso entró en el dormitorio, un
aire acompañado por el bailoteo sinuoso de la tela que adornaba el balcón. Fue
en ese preciso instante en que el cuchillo se incrustó en su cuerpo varias
veces.
Cada vez más cercanos se sintieron los
chirridos. Olieron el festín y mientras los pasos apresurados desandaron el camino
entraron los murciélagos al banquete final.
LOS SECRETOS
Por
qué le había dado por complicarse tanto, sólo quería saber si Miguel la quería.
Sobre estos temas le dieron consejos y más consejos. Recomendaron tesitos para
el amor; la canela no falla. Leyó un libro para actuar con sabiduría. Ella
había estado alejada de la realidad, escuchó decir a la Ninfa que los hombres
no querían compromisos, aconsejaba lo mejor: hay tanto chanta suelto. Ella no
coincidía. Un tiempo atrás la llevó a la
consulta de una mujer que leía el I Ching. No entendió nada. La retórica y las
amonestaciones de su amiga la confundían. Sugirió hacerla corta y ya que
Confucio no dio resultado probar con la borra del café: no pescaste nada o no
quisiste. Sos un pescado ¡siempre mirando hacia trás! Ya sé, la mina habla
complicado, como te diría; metafóricamente. Todo por indagar el interior de
Miguel: hay que estar alerta con los degenerados; se piantan después de
conseguir lo que buscan ¡Arrugan! ¡Arrugan Pecosa! No es de esos -defendió. La Ninfa tragó acíbar: te apura ¿no? Él le
había dicho: qué vas a esperar, hace bastante que pasaste los treinta y agregó
–después de haberle confiado la tragedia- la vida es un riesgo constante
Pecosa. No vas a oficializar la tristeza. Un no
rotundo de la Ninfa acabó con lo que ella había considerado la mirada
filosófica de su amor. Por primera vez la que de mojigata no tenía nada la
alertó. Ella, justo ella que reivindicaba a las mujeres que salían todo el día
y se pintaban hasta los dientes: basta, se acabó, yo sospecho algo y no me
equivoco con Miguel no. ¡Miguel! ¡Siempre Miguel! De nada valió argumentar que ella le había insistido
con visitar la pitonisa y ahora decía que era una mal parida y malabarista del
destino de la pobre gente y embaucadora de nabos desesperados de afecto.
Exageraba, habia sufrido pero no era
menesterosa de amores como la censuró. Llegó a pensar que estaba celosa.
La mortificaba con sus apreciaciones y
reclamos: ni que hubiera tenido un hijo chorro ¡che! ¡Pecosa! Me robaste el corazón y no te das cuenta de
nada.
Reconocía su ignorancia en el tema y el no
estar preparada para los manoseos psíquicos. Su propia efervescencia la llevó a
darle la prueba de amor. Guardaba el secreto y cuando las indirectas apremiaban
se hizo la desentendida: tenés que cuidarte física y espiritualmente ¡sos
cándida! Ese tipo debe tener mujer e hijos y te hace el verso ¡Miguel! ¡Miguel!
Qué se vaya a cantar a Gardel.
Todo era complicado, se veían poco. La amiga no ahorraba epítetos groseros y le
reprochaba ser una creída. Una afirmación suya la hizo llorar: Miguel debe
tener la bragueta floja y es ambidextro: decía
cada cosa; la intranquilizaba sin necesidad. No tenía sustento su descaro.
No lo conocía.
Los murciélagos con sus chillidos comenzaron
a torturar sus noches. La Ninfa hablaba del ratoneo: no es cierto, son murciélagos de veras, tienen alas y entran por la
ventana: estás chapita el metejón es un estado de locura, si no le ponés
freno ahora sí que estás perdida.
Todo el tiempo se quejaba: mirá que gasto
saliva con vos. Reconocía su poca experiencia y además sus penas eran un poroto
comparado con lo que La Ninfa vivió. No la querían en la casa: es el precio de
ser distinto Pecosa. Ella monologaba: si
no te quieren los tuyos buscás en otro lado. Tiene razón y de bragueteo sabe un montón. Me quedé con la vivencia de
aquél primer novio. Fuimos juntos a la primaria, noviamos en el secundario y
cuando nos íbamos a casar se murió. Fue un desgraciado accidente que no
quiere recordar: eso te marcó y te metiste a monja con cama fuera. Ni siquiera fuiste
al internado. Qué estabas esperando que te la coman los gusanos, y ahora este
Miguel, tendrías que ir a la zona roja. Tal vez se te aparece el Miguelito.
Era muy cruel, ella permitía esos exabruptos
porque fue la única que siempre le dijo la verdad. Cuando pasó la tragedia sus
padres la llevaron a tantos profesionales. Estaba como loca, lloraba sin parar,
le hablaba a las fotos. Fotografías escolares donde los chicos están con la
maestra en el medio. Años de análisis; siempre contando lo mismo. Primero fue a
un terapeuta, después a una mujer. El último le propuso una salida afectiva
fuera del consultorio. No habló más. Las compañeras la apartaron. La familia no
sabía qué hacer hasta que apareció la Ninfa. Les resultó positiva y la
aceptaron: era medio rara pero la única
que me hacía sonreír. Le presté ropa que había usado en la adolescencia y se
puso –otra vez- de moda, pero, los zapatos no le entraban. Agradecía que después
de varios años podía comunicarse. Se abría a la gente: la Ninfa tiene la escuela de la vida. Pobrecita la dejaron librada al
destino. Si no hubiese sido por ella a Miguel ni lo miraba. Miguel la
siguió en la calle. Ella hubiera bajado la vista. El segundo café lo tomaron en
su casa: pasó lo que tenía que pasar,
creo que se sorprendió; yo era virgen.
No entendía la preocupación de la Ninfa: por qué tanto alboroto si todo salió bien.
Insiste en que no debo hacer entrar a nadie en casa. ¡Es una obsesiva! La
apremió para que se lo presentara. Ella puso las condiciones; cuidar su
vestimenta: es muy provocativa.
Fue con un trajecito discreto que destacaba
sus líneas sin exagerar. Miguel estaba nervioso; trató de ser gentil: ¡yo a
este tipo lo conozco! –masculló ella en la cocina. No accedió a los pedidos de
la Pecosa para descorchar el aceite. Repetía con recelo: yo a este tipo lo
conozco. Sos una caída del nido.
Finalmente la Ninfa sirvió el pastrón con
ensalada rusa e insolente dijo: vos sí que estás de liga ¿con ella también te
atrevés con el fellatio?
LA DESEADA
A Elsa y César
La
tarde del sábado era caliente, calma, el Paraná tenía reflejos rojizos a la
altura de lo de García. Castillo alargó el remo esquivando los camalotes
orejudos. No llevaba rumbo fijo: tal vez
vaya al islote; allí picaba más el dorado. Los ladridos lo siguieron un
trecho; era temprano se preparaban para la llegada del paisanaje. Un tábano
pertinaz le zumbó con capricho; se le vino a la memoria La Colorada, apuró la
canoa para escapar de las moscas; decían que el nombre de la isla se lo debían
a ella. Sus crines eran encrespadas: igual que el río de color fuego como en la
planchada, donde el chumbar de los perros le recordó que era día de fiesta.
El llamado de una crespina se perdió en el
monte de espinillos. Bajó el sombrero para esquivar el sol que le daba en media
cara de refilón. Con alivio introdujo el remo en las aguas ahora verdes y aceitosas,
como los ojos de ella. Mientras preparaba la línea sacó una galleta de la bolsa
y escupió de costado. Enfrente los relinchos de la yegua indicaron que estaba
alzada; volvió a escupir con fatalismo. No cuesta mucho bajar la caña, pero se
le hacía duro como pasar la galleta por los dientes que mascaban. La línea lo
reclamó, se sacudía el hilo. No le prestó demasiada atención. El movimiento suave del agua, los perros y las
risas avisaron que había llegado la primera lancha para el baile. A él lo
cubría el islote. ¡A los monos para cazarlos bastaba con su apetito!; él hoy
tenía otro que no le podía saciar el río.
Se mojó la boca con la lengua y recordó la
sangría servida por La Colorada; le golpeó la sangre con urgencia. Dos o tres
pescados habían dejado de zarandearse y tenían los ojos fijos asesinados. El
balanceo de los juncos le anunciaba que la barcaza otra vez partía en busca de parroquianos.
Trajo bastante mujeraje y algunos hombres
trabajadores de la ribera: somos muchos
en las islas, quedan pocas negras mansas que esperan con el mate y trabajan las
quintitas. Los sábados vienen las más fieras así y todo se van.
Castillo caminó lento hasta el rancho,
cuando bajó la latita y la caña, la línea se le enredó en la alpargata. Tanto
trabajo le dio el hilo que al zafar lo miró con recelo, como si le anticipara
alguna aflicción. Una bandada de cardenillas pasó el alambrado. Dejó las
presas, se llevó la mano a la cara sudorosa, ocultó el cuchillo en la faja y se
encaminó hacia lo de García; con el recuerdo del pelo rojo y el olor a agua
florida que se escapaba de aquellos pechos blancos. Era largo el pajonal y más
de una vez sacó el facón para apartarlo. De tanto luchar callado para ganarle
al río, más se parecía a un remanso que a agua de creciente, pero había que
estar alerta, las aguas eran traicioneras, bajaban a su antojo, como ese mozo
que apareció no se sabía de dónde con aquel mono. Algo había en su dueño que
inspiraba sospecha: es ligero y grande
pero no como hombre que trabaja. Sus ojos saben mirar para abajo como ave de
rapiña.
Hacía tiempo que levantó el rancho en La
Deseada. El monte de sauces y el río le daban comida y para el vino, pero más
de una noche de vigilia en que el Paraná amenazó pensaba en su catre vacío soñando
con la otra Deseada; ésta a fuerza de mantener sus ojos firmes a tanta mirada
se impuso a los hombres y no le ponían las manos encima.
El mozo apareció en mitad del baile, hizo
notar sus pisadas y desde el primer momento ella lo distinguió, por más que la
reclamaban: le gustaba el bicho, sonreía
sin empacho y eso que no sabe mostrarse interesada
por nadies; entre baile y baile se contaban tantas historias. Sus ojos
relampaguearon cuando él dijo: lo traigo de arriba, no hizo falta pa agarrarlo
más que ponerle comida en una botella atada a un hilo. Metió la mano el guacho y
no la sacó hasta que lo traje como chorlito.
Castillo entró a lo de García como
avergonzado de algún bochorno, como si le hubiese metido la espalda al látigo.
Más que perdedor ya se sentía vencido. Vio su cintura atareada girando de un
lado al otro. Se alargó para verle la cara, su sonrisa era más salvaje y el
mover de los labios como si cantara: buenas, buenas cumpa, hacía días que no lo
veía –la voz del dueño lo sacó de sus pensamientos- che Colorada, traé más
sangría y hielo y no le des tanto a ese mono que es ladino. Uno sale unos días cumpa
y siempre hay novedades. Qué va a hacerle Castillo son caprichos de hembra. Lo que dijo después no lo recordó, sólo supo
darle a la sangría y a unas cuantas cañas. Con el ruido de la orquesta, el
polvo que alzaban con el baile y el tufo de lociones que se echaban encima se
levantó de a poco sin mirarla, ni importarle de una china atrevida que lo quiso
llevar de prepo a la pista.
El atardecer lo envolvió, se le hizo silbido
el canto de los teros. Poco a poco remontó el monte. Esta vez los árboles lo
protegían de su obsesión y los aparecidos de la sangría.
Desandaba
el camino con el relincho de las bestias y la idea de buscar la canoa, tal vez
otra carne lo saciara y no iba a ir a la deriva.
Enderezó el bote, recordó la fama que había
ganado río arriba una hermosa guaina. Estaba cerca de la laguna cuando el remo
se enredó con el hilo de una caña partida que navegaba sin control: estoy cansado de tanta mona de fiesta que el
día libre viene a ofrecer mercadería que no sirve ni de apuro.
Decían que la muchacha no quería irse porque
esperaba que algún día volviese su hombre. Mientras tanto vendía sus favores.
Por la ventana vio luz de farol, las tablas estaban
podridas. Creyó escuchar un débil chillido, serían los grillos. Volvió a golpear. Ella muy joven y en silencio se hizo a un
lado. La cama era grande y estaba envuelta en una colcha con manchas. Sobre la
mesa había una palangana. Dividía el lugar un tablón: vamos a ver si sos brava como dicen pa la cama. Con apremio comenzó
a desvestirse. La muchacha lo imitó y le impuso la paga. Él sólo tenía fijos
los ojos en las pecas que surcaban, como a La Colorada, su pecho abultado. Con
rabia apartó la imagen de La Deseada. Apretó la boca y la tumbó.
Terminó rápido, cuando se puso el pantalón
observó un hilo grueso, al ver que se agitaba algo le recorrió el espinazo. Dio
un salto y empujó el tablón. El lazo estaba atado al respaldar. Castillo
retrocedió con los ojos inyectados; el chillido salía de un lado de la cama
grande y una cola endiablada le viboreó. Una mano peluda seguía tirando de la
cuerda.
La guaina resignada vio como el hombre
macheteó con furia la soga con la que el mono hamacaba la cuna para entretener
a su hijito.

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